Categoría
Salud
Título
¿Y si el estrés fuera una actitud?
Autores
Margarita Oliva Vivar
Presidenta de la Fundació Rosa Maria Vivar

Artículo

Algunos tenemos la impresión de que el estrés se ha convertido en una especie de comodín para explicar casi cualquier dolencia. Si te duele la espalda y en la radiografía no aparece nada, es estrés. Si tienes problemas digestivos y las pruebas salen normales, también es estrés. Si te duele la mandíbula al despertar o se te cae el pelo sin una causa clara, volvemos a lo mismo. Y así con muchas otras cosas.

Poco a poco parece que el estrés se haya convertido en una enfermedad más: omnipresente, difícil de definir y con infinitas manifestaciones. Incluso lo hemos clasificado en tipos: estrés laboral, social, emocional, familiar, académico… Y los remedios son variopintos: cambiar hábitos de vida, vacaciones, tomar infusiones o suplementos naturales, baños calientes, yoga, meditación.

Sin negar que el estrés exista, a veces me pregunto si no estamos utilizando esa palabra para explicar demasiadas cosas. Tal vez el estrés no sea solo lo que nos ocurre, sino también la forma en que interpretamos lo que nos ocurre.

¿Y si el estrés fuera más una actitud que una circunstancia?

Sobre todo cuando miramos hacia atrás y vemos que nuestros antepasados vivieron situaciones mucho más duras que las nuestras: guerras, hambre, incertidumbre constante. Y sin embargo, cuando el problema es la supervivencia, muchas de las preocupaciones que hoy nos angustian parecen perder peso.

Quizá la cuestión sea la forma en que vivimos hoy. Una sociedad que ha avanzado enormemente en tecnología y comodidad, que exige resultados constantes, pero que al mismo tiempo ha ido dejando de valorar cosas simples por parecer demasiado obvias.

Solo unos pocos han encontrado el bálsamo universal. Son esas personas que, ante situaciones que resultan estresantes para la mayoría, no se tensan. Tal vez sea porque saben relativizar, tal vez sea porque no tienen ansia por acumular obligaciones.

O quizás porque saben ver en las cosas sencillas –a las que ya casi no prestamos atención– algunos de los remedios ‘antiestrés’ más eficaces.

Una terapia estupenda es la risa. Destensa músculos, levanta el ánimo. Sin embargo, si buceamos en nuestra memoria, quizá nos cueste recordar cuándo fue la última vez que encadenamos una carcajada con otra. Y aunque nos gustaría repetirlo, resulta que ya casi nada nos hace gracia.

Otra gran terapia, pienso, es la conexión con la naturaleza. Observar una puesta de sol o un amanecer ayuda a relativizar nuestra pequeñez y a valorar la magia de cada nuevo día. La inmensidad de un mar en calma aporta serenidad. La espesura del bosque puede ser el mejor de los acompañamientos. El sonido de la lluvia o de los pájaros estimulan nuestros sentidos. Y no digamos el placer de observar el cielo despejado en una noche de verano, donde las respuestas que buscamos parecen estar en todas y cada una de las estrellas.

Eso está al alcance de cualquiera, pero hay que querer verlo. Y apreciarlo. Y disponer de tiempo. En definitiva, hay que tener una ‘actitud desestresada’ para disfrutar , precisamente, de todo aquello que puede calmarnos.