Categoría
La Mirada
Título
Los imperialismos acechan a la UE
Autores
Javier Luque

Artículo

Los expertos en política nos explican que, en realidad, la Unión Europea es un constructo, un acuerdo fundamentado en los ideales que, en esencia, emanan de los derechos humanos. Para ser capaz de vehicular estos ideales, nos hemos dotado de unas normas y una legalidad, ya sea comunitaria o nacional, todas ellas desde el prisma de la democracia como el garante (imperfecto, si se quiere) de estos ideales. Ese constructo se ve acechado hoy en día a izquierda y derecha por el ímpetu imperialista de dos potencias mundiales.

En el flanco occidental, seguimos con atención los intentos de Trump para resquebrajar la unidad de Europa: desde la guerra de los aranceles, las embestidas contra la OTAN o las regulaciones europeas para poner límites a la influencia de los gigantes tecnológicos, hasta la bravuconada de anexionarse Groenlandia y, ahora, el intento de involucrarnos en el conflicto contra Irán. Sin embargo, en el flanco del este, el otro imperialismo no cesa en su empeño y, lo peor, es que ya no está en el foco mediático. Se trata de la Rusia de Putin que está ampliando su influencia más allá de sus propias fronteras. Y si el ímpetu imperialista de Netanyahu y Trump en Irán nos queda lejos, el de Putin lo tenemos aquí al lado.

Más allá de la guerra de Ucrania, que, en números, ya ha dejado cerca de dos millones de víctimas, entre muertos y heridos, en las filas rusas y ucranianas, Rusia está ejerciendo una influencia cada vez mayor en los conocidos como países satélites de la antigua URSS, especialmente en Georgia.

Emulando las leyes del Kremlin, el parlamento de Georgia ha aprobado recientemente un paquete legislativo que criminaliza la financiación y cooperación ‘extranjera’ (léase ‘europea’ entrelíneas). La medida, ha denunciado el Instituto Internacional de la Prensa (IPI), amenaza con paralizar por completo al sector de los medios independientes que financian parte de sus investigaciones gracias a fondos de organizaciones con sede en Europa. Estas leyes amplían de forma ambigua la definición de ‘subvención’. Además, exigen la aprobación gubernamental para casi cualquier apoyo económico externo e imponen penas severas que incluyen hasta seis años de prisión y multas elevadas. También, se ha introducido una cláusula sobre ‘extremismo’ que permite castigar con cárcel a quienes cuestionen sistemáticamente la legitimidad del gobierno. Esta ofensiva legal se suma a la polémica ley de ‘agentes extranjeros’ aprobada en 2024 que consolida un entorno de persecución judicial y asfixia financiera contra el periodismo independiente.

Por otro lado, Bielorrusia sigue dando zancadas hacia el autoritarismo de Rusia al intensificar las violaciones contra la libertad de prensa. En apenas una semana, las autoridades han condenado a prisión a cinco periodistas. Entre los casos más destacados se encuentra el de Pavel Dabravolsky, sentenciado a nueve años de cárcel por ‘alta traición’ tras haber regresado al país en 2024. Según la Asociación de Periodistas de Bielorrusia (BAJ), que opera desde el exilio, el régimen de Alexander Lukashenko mantiene actualmente a casi 30 trabajadores de medios entre rejas. Aunque en meses recientes se produjo la liberación de algunos periodistas como parte de acuerdos diplomáticos, la gran mayoría de los detenidos permanecen en condiciones de extrema presión y riesgo para su integridad física.

Recientemente, explicaba el conocido periodista turco Kadri Gürsel que la esencia que la democracia aporta a la sociedad es la virtud. La virtud de ayudar al más necesitado, la de cohabitar a la par que fomentar el crecimiento profesional y personal, mientras el estado pone a nuestro alcance una educación libre y un sistema sanitario social. Sin duda, los estados deben proteger nuestros derechos. Sin embargo, es nuestro deber ejercer nuestras libertades (derechos y obligaciones) y evitar que sean secuestradas por otros agentes con tendencias imperialistas o que se alinean con ellos. Si Europa se sostiene en unos ideales, es nuestro deber, el de todos, de mirar más allá de nuestras diferencias y ejercerlos para que ese constructo que se llama Europa no se lo lleve el viento.