Categoría
Antetítulo
Título
Subtítulo
Autores
Periodista
Imagen Principal

Artículo
Almodóvar se mira en el espejo —y esta vez no aparta la vista—. En Amarga Navidad hay algo más que un ejercicio de estilo: hay una autopsia moral envuelta en celuloide brillante. El film del cineasta manchego es dinamita emocional envuelta en terciopelo, una película que no pide permiso ni perdón mientras arrastra al espectador a un territorio tan fascinante como incómodo. El nuevo drama de Almodóvar no es solo autoficción: es un acto de canibalismo artístico. Si en Dolor y gloria (2019) había confesión, aquí hay ajuste de cuentas frontal, incómodo, casi violento. No hay nostalgia que suavice el golpe: hay lucidez, y duele.
La película arranca con una herida: Elsa, directora de publicidad, pierde a su madre en pleno puente de diciembre. Incapaz de detenerse, se lanza al trabajo como única forma de no pensar, de no sentir. Pero el cuerpo termina imponiendo su propia lógica y una crisis de pánico la obliga a parar. A su lado, Bonifacio intenta sostenerla, aunque Elsa opta por huir hacia adelante una vez más: viaja a Lanzarote junto a su amiga Patricia, dejando atrás Madrid. Allí, en un paisaje áspero y casi irreal, el silencio la enfrenta por fin a un duelo que había estado evitando.
Pero Almodóvar no se conforma con contar esa historia: la descompone. La multiplica. La convierte en un artefacto narrativo que se pliega sobre sí mismo. Su estructura fragmentada es un juego de espejos que no refleja, sino que distorsiona. No hay certezas, solo capas que se contaminan entre sí hasta borrar los límites entre lo vivido y lo imaginado.
En ese territorio aparece el otro gran eje del film: el cineasta como figura problemática. El director protagonista —imitación incómoda del propio Almodóvar— se presenta como un depredador de historias, un yonqui del relato que necesita el dolor ajeno para seguir creando. La sombra de Iván Zulueta, aquel cineasta que ya deslumbrara en 1979 con Arrebato, planea sobre esta idea de cine como adicción, pero aquí la cuestión va más allá: no se trata solo de una obsesión, sino de una forma de apropiación.
Y ahí es donde la película aprieta. ¿Todo vale para contar una buena historia? ¿Dónde está el límite cuando el arte se alimenta de la vida de los demás? Almodóvar no esquiva la pregunta, la atraviesa. Se retrata como ese ‘pequeño dios’ que exige, manipula y transforma, consciente de que en ese gesto puede haber algo profundamente injusto.
Formalmente, el film conserva sus señas de identidad —color, intensidad, precisión—, pero algo ha cambiado. Hay una grieta, una necesidad de tensar su propio lenguaje hasta hacerlo crujir. Si Volver (2006) ofrecía una catarsis reconocible, aquí el cierre apuesta por la ambigüedad, por una libertad inquietante que deja al espectador suspendido.
El resultado es una obra feroz, libre, peligrosamente viva. Un gesto artístico que no solo juega con la autoficción, sino que la hace estallar desde dentro. Sin red, sin consuelo, sin coartadas. Y en ese vértigo, Pedro Almodóvar firma uno de los trabajos más radicales, incómodos y electrizantes de su carrera.
Otros estrenos
‘Whistle: El silbido del mal’
Un grupo de estudiantes inadaptados encuentra por accidente un objeto maldito: un antiguo silbato de la muerte azteca. Al soplarlo, descubren que el terrorífico sonido que produce invoca a sus propias muertes futuras.
Cuando Tafiti, una joven suricata, conoce a Bristles, el cerdo salvaje, sabe que no pueden ser amigos. Pero cuando Bristles es atacado por un águila, es Tafiti quien corre a rescatarlo. En busca desesperada de un amigo, el divertido cerdo salvaje sigue a Tafiti a su casa, provocando sin querer un desafortunado accidente.