Categoría
Antetítulo
Título
Subtítulo
Autores
Periodista
Imagen Principal

Artículo
Durante más de un siglo, el llamado “problema del gato que cae” ha desconcertado a científicos y curiosos por igual.
¿Cómo es posible que un animal en caída libre, sin ningún punto de apoyo, logre girar sobre sí mismo y aterrizar casi siempre sobre sus patas? Ahora, un equipo de investigadores de la Universidad de Yamaguchi cree haber dado con la respuesta definitiva.
El fenómeno no es nuevo. Ya en 1894, el fisiólogo francés Étienne-Jules Marey logró captar con una de las primeras cámaras de alta velocidad la secuencia de un gato cayendo.
Sus imágenes, publicadas en la revista Nature, mostraban cómo el animal comenzaba la caída sin rotación aparente y, en cuestión de milisegundos, lograba reorientarse antes de tocar el suelo. Aquello parecía contradecir el principio de conservación del momento angular, una de las bases de la física.
No fue hasta 1969 cuando varios investigadores demostraron matemáticamente que ese giro era posible si el gato movía distintas partes de su cuerpo en direcciones opuestas. Sin embargo, la explicación física no aclaraba del todo qué rasgos biológicos permitían ejecutar ese movimiento con tanta precisión.
El nuevo estudio, publicado en The Anatomical Record, pone el foco en la anatomía felina. El equipo liderado por el fisiólogo veterinario Yasuo Higurashi analizó la columna vertebral de varios gatos y descubrió diferencias clave entre sus regiones. La zona torácica, situada en la parte superior y media de la espalda, es hasta tres veces más flexible que la lumbar, ubicada en la parte inferior.
El hallazgo más relevante es la existencia de una “zona neutra” en la región torácica: un rango de movimiento de unos 47 grados en el que prácticamente no hay resistencia al giro. En cambio, la zona lumbar carece de esta capacidad y actúa como un elemento más rígido.
Esta combinación permite a los gatos ejecutar una rotación en dos fases. Primero giran la parte delantera del cuerpo —cabeza, hombros y patas delanteras— gracias a la mayor flexibilidad y menor masa. Después, la parte posterior completa el movimiento, estabilizada por la rigidez lumbar. Observaciones con cámaras de alta velocidad en caídas controladas confirmaron este patrón, con desfases de apenas unas décimas de segundo entre ambas fases.
Más allá de resolver una curiosidad clásica, el estudio abre nuevas vías de investigación. Sus conclusiones podrían aplicarse en veterinaria, mejorar los modelos de movimiento animal e incluso inspirar el diseño de robots más ágiles. También sugieren que esta flexibilidad diferencial de la columna podría ser clave en otros movimientos felinos, como los giros rápidos o el galope.
Pese a los avances, el debate no está cerrado. Expertos como Greg Gbur apuntan a la necesidad de estudios con reconstrucciones en tres dimensiones para comprender aún mejor el fenómeno. Por ahora, lo que queda claro es que los gatos no desafían las leyes de la física: las aprovechan al máximo gracias a una anatomía extraordinariamente adaptada.
