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Redactor de Cultura
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Bruno Saavedra campa por las pistas como un músico de calle al que veces subestimamos su calidad cuando en realidad se acerca al virtuosismo. Sus ruedas hacen poco ruido, también sus gestos, alejado del postureo que hoy permiten los flashes fáciles en Istagram. Lo suyo va de contenido, técnicamente es un jugador delicioso, de primer nivel. Maneja el uno contra uno como un especialista y no se esconde cuando vienen curvas. En la final de Copa ante el Calafell corroboró toda su categoría como deportista, se inventó un nuevo título para el viejo Liceo de La Coruña, un clásico que siempre está.
La final se cogía con un alfiler a mediados del segundo acto, los gallegos dominaban 0-1, pero el partido no se había definido. Lo sujetaban los dos guardametas; Blai Roca en el bando liceísta y Martí Serra, en el Calafell. A los dos se les esperaba, porque estamos hablando de dos arqueros de primer orden, definitivos para sus equipos. Bruno lo decidió a través del talento, cuando la presión suele encoger rostros, Saavedra recogió la responsabilidad con una personalidad demoledora. Anotó el 0-2 con un remate muy protestado, rollo segador de campo con el gancho de su stick, pero ese recurso perforó a Serra y permitió al Liceo echar a volar.
Los gallegos lo solucionaron en dos minutos los que tardó Bruno para volver a situarse en el foco. No respiró, exhibió una ambición clave para hacer el 0-3 en otro ramalazo de artista privilegiado y el 0-4 en una falta directa que él mismo asumió cuando, casi siempre, las ejecuta Xaus. Su confianza andaba por las nubes. Cualquiera la llevaba la contraria. Su exhibición supersónica hundió cualquier esperanza de éxito del Calafell que se descompuso cuando había mostrado resistencia, sobre todo en un primer parcial muy igualado, en la tónica de casi todos los partidos de la Copa.
El plantel de Guillem Cabestany se personó por primera vez en su historia en una final de Copa, ya había hecho historia, pero quedaba refrendar la gesta con un título ideal para consolidar el proyecto que hace un año y medio inició el técnico de Sant Pere de Riudebitlles. Medio pueblo calafellense pobló las gradas del pabellón de l’Ateneu Agrícola, un lugar enciclopédico, templo del hockey patines de todos los tiempos. Los hinchas, entusiastas, se tomaron las primeras cervezas hora y media antes en los alrededores del recinto y jalearon la llegada del equipo, que ha despertado un entusiasmo desmesurado por méritos propios. El Calafell navega a lomos de un plantel extremadamente joven, el riesgo de su propuesta, eso sí, no le impide competir con los mejores y al Liceo le tosieron durante todo un capítulo.
Cabestany apostó por el mismo quinteto que en el resto de la fase final, no modificó rutinas y el equipo respondió, disfrutó de fases para correr y probar la integridad de Blai Roca, que se mostró firme ante la amenaza de Marimón y Sergi Folguera, también ante el último baile de Jepi Selva. El capitán quería despedirse de su carrera en activo con una Copa más en sus vitrinas y actuó como si se tratara del último partido de su vida. Inyectó energía y mandó mientras anduvo en la pista. Dispuso de dos remates francos para desnivelar, una de media vuelta fetén, pero no encontró la red.
La influencia de Dava
Mientras, el Liceo se arropa a menudo en la indiscutible influencia de Dava Torres, un atacante todavía diferencial, muy acostumbrado a los días de máxima envergadura. Aunque remató sin desmayo, esta vez no saboreó el gol. Eso sí dejó un ramillete de maniobras espectaculares, detalles técnicos de jugador superlativo. Con esa etiqueta ha convivido durante toda su carrera.
El juego, totalmente parejo, se descosió en una pelota parada que el Liceo reclamó por vídeo marcador. La tecnología ha entrado en el hockey y nadie anda muy seguro de su eficacia. Lo que sí provoca es que los partidos se hagan interminables, rompe la continuidad. Veremos qué recorrido tiene. En estas, Arnau Xaus, un experto en la materia de la bola parada, aprovechó la ocasión para escribir su nombre con letras de oro en la final. Entre otras cosas porque tuvo capacidad para superar a Martí Serra, hasta ese momento infalible. Hizo la de levantar y picar a media altura. Se coló la pelota llorando, pero valió igual. El Liceo halló un botín extraordinario para construir a partir de entonces su éxito. De hecho, antes del intermedio, disfrutó de otro tiro directo con Xaus, aunque Serra, esta vez, sí sujetó al Calafell con otro parada decisiva. Quedaba mucha tela que cortar, el Calafell sentía el abrazo de sus seguidores, pero necesitaba un gol para romper definitivamente a jugar.
Una directa crucial
La tuvo el Calafell en el arranque del desenlace gracias a una falta directa que Sergi Folguera no culminó. Raro en él. Todo se torció a partir de entonces. Cuando en el resto de envites de esta Copa parecía que los verdiblancos habían manejado bien los tiempos de cada duelo, en la final perdieron la coherencia a medida que recibían los golpes de Bruno Saavedra. El 0-2 resultó casi definitivo. En dos minutos, Serra recibió tres goles que se convirtieron en una losa demasiado pesada. Entre medias, Cabestany vio como los colegiados lo enviaban a vestuarios con una expulsión exagerada. La roja acabó de romper a un equipo devorado ya por las prisas. Los últimos diez minutos se tradujeron en un querer y no poder.
Hasta el punto que el Liceo disfrutó con contraataques de uno contra a uno que Serra solucionó porque jamás se desconcentra. Vive constantemente conectado al juego. Dava, Carballeira y Paiva le desafiaron, pero la incomodidad del momento no impidió que el portero del Calafell muriera de pie. Así lo hacen los elegidos. A través de Pujalte, los del Baix Penedès acertaron en los segundos del ocaso, cuando restaba menos de un minuto y el Liceo ponía el cava a enfriar para brindar con su gente. Por cierto, no eran pocos los liceístas en la grada, una noticia agradable para el hockey. Que las aficiones se desplacen indica que este deporte desprende viveza.
Mientras los de Juan Copa levantaban una Copa merecida, el pueblo de Calafell despidió a los suyos con honores consciente de que hay equipo, proyecto y un futuro de más finales. La derrota debe servir para aprender y crecer. No queda otra.
Los jugadores del Calafell saludan a sus aficionados.
