Categoría
Tarragona
Antetítulo
Historia
Título
El manantial que transformó la sed en abundancia en pleno siglo XVIII en Tarragona
Subtítulo
Puesta en marcha en 1794, la histórica Mina de l’Arquebisbe —27 kilómetros de ingeniería hidráulica— cuenta ahora con un plan especial de protección renovado
Autores
Àngel Juanpere
Redactor

Imagen Principal
Torre de ventilación número 1, situada en el término de Nulles.
Torre de ventilación número 1, situada en el término de Nulles.
Artículo

Hace 2.000 años, Tarraco tenía unos 30.000 habitantes. Para poder tener agua potable trazaron un acueducto, que iba de El Pont d’Armentera hasta Tarragona, el más largo de Catalunya. Con el paso del tiempo, la población fue disminuyendo, hasta llegar a los 9.174 habitantes a finales del siglo XVIII.En aquella época había un grave problema de suministro de agua.

Dos arzobispos, Joaquín de Santiyán y Francesc Armanyà impulsaron un macroproyecto para captar agua en Puigpelat y llevarla hasta Tarragona. Es lo que se denomina Mina de l’Arquebisbe, una instalación que aún en la actualidad se utiliza con el mismo objetivo.

Ahora, la Empresa Municipal Mixta d’Aigües de Tarragona SA (Ematsa) ha aprobado –se encuentra a exposición pública en los siete Ayuntamientos afectados– un plan especial urbanístico de protección de los elementos de dicha mina, que viene a actualizar los aspectos que componen dicha instalación y determina qué se puede hacer encima de esta mina y lo que no.

Joaquín de Santiyán encargó al arquitecto Joan Antoni Rovira –quien ya había realizado trabajos de conducciones de agua–, en el año 1781, que confeccionara un plano de la antigua canalización romana que había llevado agua desde El Pont d’Armentera a Tarragona con el objetivo de determinar si era viable aprovechar lo que quedaba del trazado romano y calcular cuánto costaría su rehabilitación.

«Cuando intentaron aprovechar la mina romana vieron que buena parte del trazado estaba destrozado», recuerda Rafael Torrico, jefe de producción de Ematsa.

De forma provisional

En 1786, debido a una importante sequía, llegó el agua a Tarragona, aunque de una forma muy provisional. Los trabajos definitivos terminaron el 3 de diciembre de 1798 con la construcción de las 76 arcadas que enlazaba el depósito de la Oliva con el jardín del Palau Arquebisbal. Y desde entonces la mina ha subministrado agua a la ciudad de Tarragona.

Actualmente el caudal oscila entre los 40 m3 por hora en invierno y los 20 de verano, lo que representa del 2,5 por ciento del volumen global de Ematsa, señala Torrico.

La mina pasa por los términos de Puigpelat, Nulles, Vallmoll, La Secuita, El Catllar, Els Pallaresos y Tarragona. Antes, llegaba hasta la Torre de les Aigües, aunque ahora termina en los depósitos de L’Oliva.

La mina comienza en Puigpelat, donde Ematsa tiene aproximadamente una hectárea de terreno. –en el resto del recorrido no hay captación de agua–. En esta zona, conocida como L’Hospitalet o Les Esquadres, el agua se va filtrando por todos los lados hasta una galería subterránea.

Este, a lo largo de su recorrido, está normalmente entre seis y siete metros de profundidad, aunque en algunos puntos alcanza los 21 metros y medio. A partir de la entrada al término de Nulles, la conducción es casi superficial.

El sistema constructivo utilizado en el siglo XVIII es prácticamente idéntico al usado por los romanos. Solo hay dos tramos donde la mina va entubada: debajo del polígono industrial del Mas Vell (Vallmoll) y cuando atraviesa la línea de alta velocidad en La Secuita.

Hasta hace aproximadamente 60 años, la Mina de l’Arquebisbe no disponía de ninguna protección. Se conservaba perfectamente gracias a los conocimientos que pasaban de padres a hijos.

Sin embargo, con la llegada de las construcciones masivas en algunos tramos, Ematsa quiso reconducir la situación y en 1994 aprobó el Pla Especial d’Instraestructures, elaborado conjuntamente con el Ajuntament de Tarragona. Se estudió término a término, y propietario a propietario del trazado, características y grado de protección que la mina requería en cada punto.

Se planteaban dos grados de protección. En función de tipo de suelo se fijaban diferentes anchuras para garantizar la conservación y el mantenimiento, y evitar así la aparición de elementos que la pusiesen en peligro.

Son más de 450 las fichas individualizadas de cada finca, parcela, edificio, camino por donde atraviesa la mina. «El objetivo de la protección era tanto de la infraestructura como de la calidad del agua», subraya el jefe de producción de Ematsa

Pero han pasado 29 años y la situación ha ido cambiando. Por ejemplo, en 1994 no hablaba de parques solares. Por ello, en esta revisión sí que se incluyen. Asimismo, se han incorporado nuevas carreteras, la línea de alta velocidad, urbanizaciones, etc.

Y también ha cambiado la normativa europea sobre contaminación del agua y del suelo. Asimismo, la geografía se ha modificado, por lo que se ha afinado más el trazado y se han reinventariado los elementos, señala Rafael Torrico. Se han cambiado las franjas de protección para adaptarlas a los nuevos aspectos medioambientales.

En este sentido, estará permitido plantar encima determinados árbeles y cultivos. Actualmente, el plan especial urbanístico de protección se encuentra a exposición pública.

Lo más característico

Posiblemente el elemento más característico de la Mina de l’Arquebisbe son las torres de ventilación. Hay 50 a lo largo del recorrido. Son cilíndricas, de tres metros de altura y uno de ancho. Están coronadas por un cuerpo troncocónico, que es la única apertura que permite el acceso del aire al interior.

Tienen una especial protección y Ematsa se encarga de restaurar las que están en un estado de degradación. Al lado de alguna de estas torres están los pozos de registro o arquetas, que sirven para inspeccionar la conducción. Existen un centenar de pozos.

Cada año se realiza un mantenimiento de la mina para eliminar la tosca (roca caliza) y las raíces. Asimismo se revisa si hay desperfectos, como grietas, filtraciones o perforaciones ilegales.

El recorrido
El recorrido