Categoría
Sociedad
Antetítulo
Crónica social
Título
Arrugas, kilos, inyecciones y años, ¿qué nos pasa?
Subtítulo
La alfombra roja de los Oscar pone el foco en la extrema delgadez de las más veteranas (y de las más jóvenes).
Autores
Sílvia Taulés

Imagen Principal
Demi Moore.
Demi Moore.
Artículo

¿Se acuerdan de Kim Basinger y Michelle Pfeiffer? Eran coetáneas de Demi Moore. Michelle Pfeiffer apareció hace poco en redes sociales con fotos actuales y sigue igual de guapa, sin dar sensación de estar obsesionada con su envejecimiento. Kim Basinger, en cambio, ha desaparecido del foco público desde hace años y, aunque escribe algo en redes, apenas se deja ver. Cuando lo ha hecho, de lejos, parece que aquellos destellos de belleza perfecta que deslumbraron tras Nueve semanas y media siguen ahí, intactos, como si el tiempo hubiese pasado con más educación que con el resto.

Y luego está Demi Moore. ¿Se acuerdan de Demi Moore cuando era joven? Era como la vecina del quinto, aquella chica mona, con cara de niña buena, que agradaba a todo el mundo sin volver loco a nadie. Ahora, en cambio, parece empeñada en reclamar una atención que quizá nunca sintió del todo suya. Este es un análisis posible; podría hacerse otro completamente distinto y también sería válido. Pero la pregunta sigue ahí: ¿hace falta aparecer en todas partes llamando la atención por el físico cuando se es famosa por el trabajo?

Nadie recuerda ‘Ghost’ porque Demi Moore estuviera más o menos guapa. La recordamos porque nos hizo llorar a todos. Nadie recuerda a la teniente O’Neill por su aspecto, sino porque se rapó la cabeza y endureció la voz en una época en la que las mujeres parecían obligadas a ser delicadas. Se hizo fea para defendernos, por decirlo rápido, y ahora la vemos perdida en una carrera contra el espejo: delgadez extrema, intervenciones que le han cambiado el rostro hasta el punto de que sabemos que es ella porque nos lo dicen.

Algo parecido ocurre con Nicole Kidman, que ha llevado tan lejos su batalla contra el tiempo que en la última gala de los Oscar apareció prácticamente blindada: cuello cubierto, pelo calculado, apenas un fragmento de rostro visible. Se ha sometido a todo lo que la medicina estética permite y más. Y no seré yo quien lo critique: tampoco cuesta tanto pincharse si eso ayuda a verse mejor. Pero una cosa es mejorar y otra muy distinta desaparecer.

Porque el problema ya no es solo la edad, ni siquiera el género. También afecta a las más jóvenes. Kaia Gerber, hija de Cindy Crawford, es una copia perfecta de su madre, igual de bella y proporcionada, pero últimamente parece una versión enfermiza de ese mismo molde: tan delgada que en la última alfombra roja tenía el rostro hinchado y el cuerpo desdibujado.

En España lo hemos visto con Palomo Spain (Alejandro Gómez Palomo), que pasó de ser un diseñador de complexión grande a ser una figura tan delgada que parece casi infantil, afinada hasta el extremo. Como si se hubiera perdido ante el espejo.

Se nos dijo durante años que había que abrazar el cuerpo, que cada forma era válida, que el body positive había venido para quedarse. Y, sin embargo, bastó la llegada de una inyección milagro para adelgazar para que todo ese discurso se desmoronara sin hacer ruido. Nos lo creímos, claro. Como tantas otras veces.

Por eso sorprende y casi reconforta ver a alguien como Heidi Klum plantarse en una gala sin pedir perdón por ocupar espacio. Estaba espectacular, sí, pero también estaba real, poderosa, sin ese afán de desaparecer para encajar. Quizá porque nunca necesitó llamar la atención: más bien al contrario, durante años tuvo que contenerla.

Y ahí está la clave. No se trata de envejecer mejor o peor, sino de no borrarse en el intento.

Nicole Kidman.
Nicole Kidman.