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Hace casi diez años escribí en estas páginas algunos artículos sobre el entonces elegido presidente Trump. Los he vuelto a releer y me he dado cuenta que las cosas no han cambiado sino que se han ido deteriorando.
A simple vista el hombre más poderoso del mundo, el presidente de los Estados Unidos, es un idiota, o al menos se comporta como tal; pero es sobre todo un travieso niño pequeño que juega solo en su casa con sus juguetes. Una mayoría de ciudadanos americanos han considerado, en dos ocasiones, que el Gobierno debe ser dirigido por este personaje de telenovela. La primera vez podía tener su explicación, la segunda requiere pensar, si estamos o no, ante una organización política que tiene mecanismos seguros para controlar el Poder, es decir, si estamos ante un Estado democrático.
Hace tiempo que los analistas consideran que varios grupos sociales y económicos en Estados Unidos han empezado a pensar que los modelos políticos a seguir son los dictatoriales (como Rusia o China, y también los Emiratos o Arabia Saudita) y que hay que prescindir de los modelos anteriores. De ahí a despreciar el Derecho internacional, y hasta el propio Derecho, hay un paso, que los acontecimientos actuales han demostrado que se ha dado, sin ningún tipo de pudor.
Fátima Mernissi encontró la explicación al triunfo de Trump mucho antes que se produjera y lo dejó escrito cuando en septiembre de 2003 visitó la ciudad de Barcelona y leyó el pregón de las Fiestas de la Mercé (“El cowboy o Simbad. ¿Quién vencerá en la globalización?”). Afortunadamente para ella, murió antes de la primera victoria de Trump y de los acontecimientos actuales.
Trump no sería más que el símbolo de una alternativa ante la globalización pero no la causa de ella. Esta alternativa sentida por un gran parte de la población americana, que le ha votado en dos ocasiones, nos lleva a encerrarnos entre los muros de la casa y a no aspirar a salir al exterior.
El presidente americano representa más que todos los anteriores, más que Bush y Reagan, el mundo del cowboy y de las películas del Oeste americano, al que también recuerdan en cierta forma algunos de nuestros políticos actuales como el expresidente Aznar, Abascal o algunos otros de la izquierda. Su éxito (y también su previsible fracaso) se encuentra en ser el mismo un cowboy. Su mundo se limita al rancho, que muchas veces no es suyo, y a protegerlo de los forasteros que sólo pueden poner en peligro su riqueza. Para el héroe de las películas americanas, los ‘otros”’ (sean éstos apaches, mexicanos, o cualquier otra tribu de desconocido nombre) sólo quieren quedarse con el ganado y con el rancho y es necesario acabar con ellos de la forma más rápida posible y en el menor tiempo. Quienes sean los forasteros, las razones que le han llevado a su acción o sus propios pensamientos, carecen de la mínima importancia.
El cowboy, el héroe americano por excelencia, se opone radicalmente al Viajero, cuyo representante mítico sería Simbad el marino, uno de los cuentos de las Mil y una Noches, que a su vez se contrapone al otro Simbad (el que nunca salió de Bagdad). A diferencia del Cowboy que no necesita a ‘los otros’, el Viajero necesita conocer al extranjero y saber cuales son sus íntimos pensamientos. El cowboy no precisa el diálogo porque todo lo puede resolver con sus pistolas; pero para el Viajero ese diálogo es la base de su éxito, incluso personal, porque sólo mediante el conocimiento del extraño se puede llegar al conocimiento de uno mismo.
El mundo del cowboy y el del Viajero son dos alternativas excluyentes para enfrentarnos a la globalización de nuestra era: o cerrarnos o abrirnos al exterior. Para Mernissi, en realidad, la alternativa es matar o dialogar.
Estados Unidos ha sido (y en cierta forma lo sigue siendo) una tierra de acogida que se abre al extranjero y al mismo tiempo una tierra que construye muros para separarse de él. Y el mundo islámico también ha sido (y sigue siendo) un mundo cerrado que nos impide entrar (como en sus mezquitas) y al mismo tiempo un espacio abierto que durante siglos permitía circular con seguridad de un lugar a otro. Las dos culturas, ahora aparentemente enfrentadas, han tenido a lo largo de la Historia sus Cowboys y sus Viajeros y ninguna puede irrogarse el predominio de unos u de otros.
El psicólogo infantil Bruno Bettelheim ha estudiado los cuentos de Simbad el Marino para intentar entender nuestro miedo irracional a lo extraño (y al extranjero) y al mismo tiempo nuestra atracción por lo que hay detrás de los muros de nuestra casa y por los niños que juegan en el patio del vecino. Para este científico «hoy los niños ya no se desarrollan dentro del ámbito de seguridad que ofrecía la familia numerosa, ni de una comunidad bien integrada. Hoy más que en la época en que se inventaron los cuentos de hadas, es importante surtir al niño de imágenes de héroes que tienen que salir al mundo ellos solos y que, a pesar de desconocer al principio las cosas importantes, encuentren lugares seguros siguiendo el camino correcto con una profunda confianza interior».
El héroe de los niños del futuro, y de nosotros mismos como adultos, debe ser Simbad el marino y no el otro Simbad o el cowboy Trump.