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El trastorno bipolar sigue siendo una de las enfermedades mentales más incomprendidas pese al creciente interés social por la salud mental. Lejos de los tópicos que lo asocian a simples cambios de humor, se trata de una patología compleja que afecta a cerca de 37 millones de personas en todo el mundo, según la Organización Mundial de la Salud, y cuyo diagnóstico puede demorarse entre cinco y diez años.
El psiquiatra Ignacio Basurte explica que «son episodios clínicos de depresión y de manía o hipomanía que pueden durar semanas o meses si no se tratan», y advierte de que uno de los principales problemas es que entre el 60% y el 70% de los pacientes debutan con cuadros depresivos. Esto conduce, en muchos casos, a diagnósticos iniciales de depresión mayor sin identificar aún el trastorno bipolar, especialmente porque las fases de hipomanía pueden pasar desapercibidas o incluso interpretarse como periodos de mayor energía.
La enfermedad suele iniciarse en etapas tempranas de la vida. Según los especialistas, entre el 50% y el 60% de los casos presentan síntomas antes de los 25 años, aunque en jóvenes puede manifestarse con irritabilidad o impulsividad más que con euforia. Esta realidad la convierte en una de las principales causas de discapacidad en adultos jóvenes.
En el día a día, el impacto va más allá de los episodios visibles. Más del 60% de los pacientes experimentan recaídas a lo largo de su vida y un porcentaje similar presenta trastornos por consumo de sustancias, lo que complica tanto el diagnóstico como el tratamiento. El alcohol, el cannabis u otras drogas pueden precipitar episodios y aumentar las recaídas.
El riesgo es especialmente elevado si no se trata. Se estima que entre el 25% y el 50% de las personas con trastorno bipolar realiza al menos un intento de suicidio, y hasta un 15% fallece por esta causa sin tratamiento adecuado.
Desde el ámbito clínico, los expertos insisten en la necesidad de un abordaje continuado. El psiquiatra Joaquín Ruiz, coordinador del Centre de Salut Mental de Tarragona, subraya que se trata de un trastorno crónico que requiere seguimiento y trabajo de conciencia de enfermedad. En este senido, señala que «en la fase maníaca, el paciente puede no percibir el problema y rechazar el tratamiento, lo que retrasa el diagnóstico». Además, advierte de que «el trastorno bipolar no solo afecta al estado de ánimo, también impacta en la capacidad de tomar decisiones y en la vida diaria del paciente».
Ruiz insiste en la importancia del control clínico a largo plazo: «El seguimiento continuado permite anticipar recaídas y ajustar el tratamiento antes de que los síntomas se agraven», explica. También alerta del papel del consumo de las sustancias tóxicas, que «interfiere tanto en el diagnóstico como en la evolución de la enfermedad».
Pese a ello, los avances terapéuticos han mejorado notablemente el pronóstico. Con tratamiento farmacológico, seguimiento clínico y apoyo psicoterapéutico, más del 70% de los pacientes logra mantener periodos prolongados de estabilidad y una buena calidad de vida. En conclusión, tal y como clama Ignacio Basurte: «El diagnóstico no define el futuro».