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Diari de Tarragona
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El Ajuntament de Tarragona presentó ayer su plan de bibliotecas. Es de justicia felicitar al consistorio por esta iniciativa, que apuesta por un instrumento clave en la democratización de la cultura. Más cuando Tarragona solo cuenta con una biblioteca en pleno centro de la ciudad —que ha quedado pequeña—, y otra, más pequeña, en Torreforta. El traslado de la biblioteca central al futuro complejo cultural de la Tabacalera es también una noticia muy positiva en este sentido. En una época dominada por la inmediatez digital y el consumo fugaz de contenidos, las bibliotecas son uno de los últimos bastiones de la cultura tranquila y la redistribución del conocimiento. Lejos de ser espacios obsoletos, representan más que nunca un refugio necesario para la lectura, pilar fundamental de cualquier sociedad culta y plural. Las bibliotecas no son almacenes de libros. Son espacios vivos donde las ideas se adquieren, cuestionan y comparten. Pero vayamos a las cosas. El citado plan culmina en 2037, mucho más allá del final de la actual legislatura y de la siguiente y de la siguiente (la repetición no es un error). Es un plan diverso del que en su día propuso el anterior alcalde, cuyas intenciones de entonces merecen también aplauso aunque quedaran en eso, en intenciones. Promesas a tan largo plazo suelen sonar a canción electoral. Estamos a medio mandato, momento en que todos los gobiernos municipales se ponen en modo de campaña electoral y prometen planes e inversiones. Las promesas a largo plazo tienen un atractivo casi irresistible, pero también son una de las formas más comunes de erosionar la credibilidad cuando no se cumplen. Prometer algo a tan largo plazo es ponerlo en función de múltiples variables futuras que se desconocen, imprevisibles. Es una apuesta arriesgada. Las circunstancias cambian y las prioridades evolucionan. Lo que hoy parece seguro mañana puede ser inviable. El problema aquí no es solo el incumplimiento en sí, sino el efecto acumulativo. Cada promesa rota deteriora la confianza, genera frustración y produce desilusión. Defendamos siempre la cultura y demos la bienvenida a todos los planes que la promuevan —siempre que prometamos con sentido común y cumplamos lo prometido.