Categoría
La Mirada
Título
No hay líder que no disfrute con una buena crisis
Autores
Lluís Amiguet

Artículo

¿Qué harían nuestros líderes sin una buena crisis? Pedro Sánchez iba a pegarse otro morrazo tremendo en Castilla-León, al menos como el que se ha dado en Aragón, y la crisis de Irán le ha proporcionado un suave colchón de aterrizaje con el no a la guerra de relleno; Netanyahu tiene elecciones a la vuelta de la esquina –y nada fácil ganarlas– y de nuevo Irán le proporciona un flotador de votos para no hundirse.

De paso, ha metido en el lío a Trump, que ahora las pasa canutas para sacar la pata del estrecho donde la metió y no perder sus elecciones de que medio mandato por culpa del encarecimiento de la gasolina; pero por ahora sigue disfrutando del show: vida, muerte, petróleo, votos…

Porque sin una buena crisis los votantes empiezan a preguntarse por los detalles de la gestión del líder y ya no apoyan, como respaldan en una guerra, al mismo líder que iban a derribar. Los dos Bush, padre e hijo, se recuperaron en las encuestas gracias a sus guerras de Irak; la guerra de las Malvinas salvó a la Thatcher del desastre electoral igual que la de Irán salva ahora al primer ministro Keir Starmer de ser destituido por su propio partido.

Los dictadores, además, tienen otros incentivos para iniciar sus propias crisis. La de Ucrania ha asegurado a Putin todos los años que quiera de sumisión rusa y a la propia elite ucraniana, uno de las más corruptas del mundo, un torrente de millones en ayuda de todo Occidente. Las más de cien mil víctimas de la invasión no las celebran; pero que los poderosos aman las crisis está claro porque cuando ya tienen una, la de Irán, ya postergan la anterior ucraniana... Justo cuando el acuerdo de paz estaba a la vuelta de la esquina.

¿Más crisis salvadas gracias a otras nuevas? Pues la del nacimiento del euro sin unión fiscal no acabó en ruina total gracias a que la tapó la de las hipotecas subprime americanas; y el tiro en el pie que se dieron los británicos con el brexit quedó disimulado, porque cuando Gran Bretaña empezaba a sufrirlo llegó la Covid y lo tapó todo.

Ahora mismo estoy convencido de que hay muchos otros líderes, políticos, empresarios, alcaldes, gestores de todo tipo, frotándose las manos por esta nueva crisis que va a darles excusas para justificar inversiones fallidas, excesos varios y, en fin, modelos de negocio que ya no funcionan con o sin petróleo barato.

No les negaré que a los periodistas nos encantan las crisis. Nos hacen sentir protas de grandes noticias, que suelen ser las peores. Crisis como la que vivimos sacarán del baúl de los proyectos frenados las grandes líneas de alta tensión, por ejemplo, que atraviesan nuestras comarcas. Ayer mismo la presidenta de la Unión Europea, Ursula Von der Layen, que fue ministra en Alemania cuando el país cerró sus centrales de Energía Nuclear, las reivindicó con énfasis para toda Europa. Las que tenemos a pocos kilómetros de casa, Ascó y Vandellós, pueden hoy celebrar ese giro copernicano.

Podría también la dirigente europea haber felicitado –habernos felicitado– a España por el enorme esfuerzo realizado en la instalación de enormes complejos de energía solar y eólica que hoy logran que nos preocupe el Estrecho de Ormuz, pero mucho menos de lo que nos preocuparon las guerras del Golfo anteriores. Tal vez ahora salgan de los cajones proyectos, subvenciones, planes aparcados, porque todo el mundo quiere energía barata, pero nadie quiere los molinos y placas en su pueblo.