Categoría
La Mirada
Título
Trump no tenía un plan
Autores
Gustau Alegret

Artículo

Se cumple casi un mes del inicio de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. Lo que tenía que haber sido un incursión breve y rápida se está convirtiendo en un verdadero dolor de cabeza para el presidente Donald Trump y el mundo, que sufre las consecuencias.

He escuchado estos días argumentos a favor de la decisión de atacar al régimen de los ayatolás destacando la amenaza que supone esta teocracia contra Israel, pero también contra los países occidentales, y por esa decisión dan crédito al mandatario estadounidense. Pero tras cuatro semanas de conflicto no se ve, de momento, una salida a la crisis cuyas consecuencias eran previsibles. ¿Tenía Trump un plan para esta guerra? Las declaraciones del secretario de Estado, Marco Rubio, –quien reconoció que Israel iba a atacar forzando al Pentágono a «estar preparados para actuar como resultado de ello»– indican más bien que se vieron arrastrados por la estrategia del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Y esta versión adquiere más relevancia cuando vemos dónde se están produciendo los ataques de ambos países y las declaraciones de sus líderes.

Nadie niega que Trump y Netanyahu son aliados y amigos, pero en esta guerra parecen tener intereses divergentes. Para Trump, la intención inicial era cambiar el régimen iraní, pero hoy ya vende la idea de que está debilitado (descabezar a sus dirigentes no significa haber cambiado el régimen) y quiere un acuerdo para terminar con la guerra. Como hizo en Venezuela: aprehendió a Nicolás Maduro y permitió la continuidad de la dictadura venezolana con una Delcy Rodríguez más afín a una relación de interés con Washington. A Netanyahu, por el contrario, no le vale debilitar al régimen; quiere aniquilarlo. Por eso, Estados Unidos ha bombardeado mayoritariamente centros de investigación nuclear, infraestructuras y unidades del ejército iraní; e Israel se ha centrado en los altos cargos del régimen, incluido al ayatolá Alí Jameneí

La propuesta ahora de Trump de volver a extender el periodo de gracia –por decirlo así– para negociar con Irán no es un amor súbito por la diplomacia del mandatario estadounidense; es más bien una muestra de su desesperación por encontrar una salida, y un reconocimiento de los límites que tiene hoy el poder militar.

Irán se había preparado para este escenario desde hacía tiempo. Ante un ataque a gran escala, sus líderes sabían que no iban a poder responder con sus capacidades militares. Por eso diseñaron planes que incluían asegurar la autonomía de sus unidades militares para mantener ataques estratégicos y cerrar del estrecho de Ormuz. Irán iba a responder infligiendo daño y miedo, y lo está logrando. Ormuz es un paso crucial para petróleo, gas y otros derivados. Cortando y amenazando a quien intente cruzarlo genera un impacto económico hoy con consecuencias a medio plazo. En un mundo globalizado y altamente dependiente del petróleo, conseguir la disrupción directa del 20 por ciento del petróleo global, un tercio del gas natural y de otros componentes impacta en el coste de la energía global que se acaba trasladando a los centros producción del sureste asiático, a la gasolina y a los alimentos, por citar solo algunos.

Trump sabe que, si no termina con esta guerra ya, el impacto inflacionario que viene lo va a consumir políticamente en las elecciones de mitad de mandato en noviembre; para él, como presidente, a quien le quedarían dos años en la Casa Blanca con un Congreso en contra; y para el partido Republicano, que le empezaría a cuestionar públicamente por sus decisiones (hoy, a pesar de algunas voces críticas, la mayoría de republicanos lo apoyan). Además, claro, de las críticas de socios y aliados que ya empiezan a pagar las consecuencias de una guerra que otros presidentes estadounidenses también pudieron comenzar (Irán ha sido una amenaza durante décadas) pero que ninguno se atrevió porque sabían que bombardear Irán era algo fácil, pero salir de esa guerra, no. Los hechos les están dando la razón y Trump es hoy un rey desnudo