Categoría
Internacional
Antetítulo
Guerra en Oriente Próximo
Título
Quién gana en la guerra de Oriente Próximo
Subtítulo
Estados Unidos e Israel miden el éxito en términos de objetivos militares y estratégicos. Irán interpreta la supervivencia del régimen y la capacidad de resistir como una clara victoria
Autores
Alexandre Nadal
Redactor en la sección de Panorama

Imagen Principal
Netanyahu, Jameneí y Trump
Netanyahu, Jameneí y Trump
Artículo

La confrontación entre Estados Unidos e Israel contra Irán ha escalado en el último mes hasta convertirse en una de las tensiones geopolíticas más complejas del siglo XXI. A diferencia de conflictos convencionales centrados en cuestiones territoriales o económicas, esta guerra se percibe como una pugna estratégica de largo alcance, en la que cada actor define su victoria de manera muy distinta.

La perspectiva de EEUU e Israel: debilitar el programa nuclear y de misiles iraní

Desde la óptica de Washington y Jerusalén, el conflicto se centra en neutralizar las capacidades militares de Irán que podrían amenazar la estabilidad regional y la seguridad de Israel. Altos cargos estadounidenses, incluido el secretario de Guerra, Pete Hegseth, o el secretario de Estado, Marco Rubio, han insistido en que la meta no es únicamente un triunfo táctico, sino lograr que Irán pierda la capacidad nuclear y de misiles balísticos con la que ha estado trabajando en las últimas décadas.

Según este planteamiento, una vez debilitado o eliminado el programa nuclear y de misiles iraní, se habrán cumplido los objetivos estratégicos de Estados Unidos e Israel. Esto permitiría reducir la influencia de Teherán en conflictos regionales —como Líbano, Irak o Yemen— y asegurar que ningún actor tenga la capacidad de amenazar con armas de destrucción masiva a Israel o a aliados estadounidenses en el Golfo.

Los defensores de esta estrategia sostienen que el éxito militar y estratégico no se mide solo en bajas o territorios conquistados, sino en la capacidad de impedir que Irán alcance un umbral crítico de poder militar. Para líderes como Donald Trump y Benjamin Netanyahu, cumplir estos objetivos permitiría presentar ante la opinión pública de sus países que la contienda militar ha logrado los resultados previstos, evitando un desgaste político interno.

La perspectiva de Irán: la supervivencia del régimen como una victoria

Frente a esta lógica, Teherán articula su narrativa de victoria en términos de resiliencia política y supervivencia del régimen. Diversos analistas coinciden en que Irán no necesita derrotar militarmente a Estados Unidos o Israel para proclamarse vencedor; basta con que su sistema político permanezca en pie.

El régimen iraní opera bajo una doctrina de resistencia prolongada, donde cualquier desenlace que no implique la caída del poder político se convierte en un triunfo relativo. Su estructura institucional, que integra la Guardia Revolucionaria, el clero chií y redes descentralizadas de poder, permite absorber ataques y mantener cohesión interna, incluso ante la eliminación de figuras clave o la destrucción de infraestructuras críticas. Algunos comparan esta resiliencia con la demostrada durante la Guerra Irán-Irak, cuando el país sufrió devastación económica y humana pero logró reconstruir su aparato productivo en los años posteriores.

Otro elemento clave es el papel de la diplomacia. Para Irán, cualquier salida negociada —ya sea un alto el fuego, un acuerdo nuclear revisado o un marco de distensión regional— puede presentarse como una victoria política, porque implica el reconocimiento de su capacidad de resistencia y su condición de actor indispensable en el equilibrio regional. Negociar no se percibe como ceder, sino como consolidar lo resistido; esta lógica ha permitido al régimen transformar situaciones de debilidad militar en ventajas diplomáticas.

La economía y la geopolítica también se convierten en armas estratégicas. El control o la amenaza sobre el Estrecho de Ormuz —por donde transita aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial— ha otorgado a Irán una herramienta de presión desproporcionada respecto a su capacidad militar convencional. La inestabilidad en la región eleva los precios del petróleo, generando tensiones en las economías. En este escenario, cualquier reconocimiento internacional de su resistencia puede ser interpretado como una victoria, incluso sin logros militares tangibles.

La percepción de éxito de ambas partes y la proyección ante sus poblaciones

El choque entre estas perspectivas evidencia la complejidad del conflicto. Mientras Estados Unidos e Israel definen el éxito por la destrucción o debilitamiento de capacidades estratégicas iraníes, Teherán interpreta la continuidad del régimen y la capacidad de resistir como una forma de triunfo, aunque esta percepción difiera según se mire desde el interior del país persa o desde el exterior.

En un conflicto prolongado y asimétrico, ambas partes pueden reclamar la victoria según su propio criterio. Estados Unidos e Israel buscan objetivos concretos y medibles: reducir el poder militar de Irán y proteger la seguridad regional. Irán, en cambio, apuesta por resistir, sobrevivir y negociar desde la posición de un actor imprescindible en la región.

En todas las guerras, ambas partes suelen proclamarse vencedores, porque la percepción de éxito se construye tanto sobre logros concretos como sobre la capacidad de sobrevivir y proyectar influencia en el tiempo. En definitiva, sea cual sea el desenlace, cada bando proyectará ante su población la sensación de haber salido vencedor.