Categoría
Antetítulo
Título
Autores
Redacción
Artículo
La actualidad deportiva dejó este fin de semana dos capítulos dispares. No sorprendieron a nadie porque, tanto para bien como para mal, Reus FC Reddis y Nàstic de Tarragona no han variado su hoja de ruta a lo largo de la temporada. Uno avanza directo hacia la pelea por el ascenso a Primera RFEF; el otro confirma, con cada jornada que pasa, que será candidato a asomarse al abismo.
Desde Tarragona contemplamos a un equipo que oscila entre la vergüenza y la impotencia. El fútbol debería ser una vía de escape ante los problemas cotidianos. Hasta hace poco más de un año, ver al Nàstic era sinónimo de identidad, pasión y, pasara lo que pasara, conexión con los tuyos. Iba más allá de ganar o perder. Esta temporada, en cambio, nada de eso sucede. Hoy, seguir a los granas es convivir con el sufrimiento. Incluso en la victoria queda un regusto agridulce, porque se percibe que ese vínculo entre plantilla y afición se ha desvanecido. Un proyecto renovado el pasado verano que ha terminado por estrellarse contra la realidad.
No sé si el Nàstic acabará descendiendo —ojalá que no—, pero sí tengo claro que la ciudad anhela volver a respirar aquel ambiente que durante dos años envolvió el Nou Estadi. No hubo ascenso, pero sí algo más difícil de construir: un sentimiento de pertenencia imborrable. Eso es, precisamente, lo que hoy vive la afición rojinegra con su renacido Reus: un equipo que compite contra todo y contra todos sin complejos, porque su fútbol vuelve a unir identidad, talento y hermandad.