Categoría
Tarragona
Antetítulo
Sociedad
Título
Alejandro Villena, psicólogo: “El consumo de pornografía responsable o saludable no existe”
Subtítulo
El acceso temprano al porno y la cultura de la inmediatez deterioran la vivencia de una sexualidad sana, especialmente entre los más jóvenes, dice este especialista en adicción a la pornografía
Autores
Sophia Noda

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Artículo

La pornografía está hoy a un clic de distancia y el primer contacto llega cada vez antes. El psicólogo y sexólogo Alejandro Villena Moya (Málaga, 1992), especialista en adicción a la pornografía, advierte de los efectos de lo que define como una “sociedad hipersexualizada” en la que, paradójicamente, "hay más sexo que nunca, pero menos calidad en las relaciones".

Invitado por el colegio Aura-Turó, Villena ha visitado Tarragona para impartir una conferencia dirigida a familias sobre pornografía y adolescencia. En esta entrevista analiza para el Diari cómo internet, las redes sociales y el acceso precoz transforman la forma en que los jóvenes entienden la sexualidad, alerta de los riesgos de banalizar su consumo y defiende la necesidad de educar en una sexualidad “basada en el respeto, la empatía y la responsabilidad”.

Usted ha advertido sobre una sociedad cada vez más hipersexualizada. ¿En qué se nota hoy esa hipersexualización en la publicidad, en las redes sociales y en los espectáculos?

Yo suelo decir que vivimos en una especie de pandemia pornográfica. El sexo ha perdido el valor que realmente tiene. Tenemos mucha cantidad de sexo por todos lados: en las series, en la música, en las películas y en las redes sociales, pero la calidad de esas relaciones sexuales es mucho más baja que nunca. Soy sexólogo, atiendo a pacientes todas las semanas en consulta, y nos encontramos con gente cada vez más joven con disfunciones sexuales, con falta de disfrute y con mucha presencia de la adicción a la pornografía, que afecta a casi un 7% de la población. 

Usted habla de un “sexo de yo-yo y ya-ya”. ¿Qué significa?

Es una forma de entender la sexualidad que mira mucho por sí mismo y poco por el otro, donde cada vez hay menos empatía y menos conexión, y lo que importa del otro es una obtención de placer rápida, pero no una experiencia donde se comparta algo. 

¿Qué consecuencias tiene esa exposición a la pornografía, sobre todo entre los más jóvenes?

Los jóvenes que crecen expuestos a todo este ambiente se insensibilizan hacia el sexo. Les llega antes de que tengan un interés real en las relaciones sexuales, adelanta e inicia de forma precoz ese despertar sexual cuando no les toca y, muchas veces, de una manera muy bruta, indeseada o escondida. Hay menos empatía en las personas que más pornografía consumen y también hay más probabilidad de llevar a cabo esas prácticas violentas que ven, porque pretenden imitarlas o reproducirlas. Como ejemplo de esto, están los casos de agresiones grupales entre menores o el uso de inteligencia artificial para desnudar a una compañera de clase, situaciones que han sucedido recientemente en nuestro país.

¿Cree que la hipersexualización se ha ido disfrazando de libertad sexual?

Completamente. Hemos confundido libertad sexual con hipersexualidad. Quizá tenemos más libertades sexuales y ese es un logro fenomenal, pero no educamos bien para los usos de esa libertad. Viktor Frankl decía que al lado de la Estatua de la Libertad habría que construir una Estatua de la Responsabilidad, y eso es lo que está fallando. Si no, eso no es libertad, es una anarquía sexual.

¿Qué cree que alimenta esta sexualización excesiva?

Internet, los smartphones y las redes sociales. Si no existiera un primer acceso al smartphone a los 10 años, si no vendieran por internet un trípode para poner en el carrito del bebé un iPad, y si las familias no lo dieran, probablemente no tendríamos tanto problema. Existiría la cosificación, como ha existido en la publicidad durante muchos años, pero no hablaríamos de ello de forma tan masiva. Hoy en el smartphone tienes un prostíbulo digital, tienes pornografía ilimitada, tienes camellos que igual no te venden droga, pero te venden likes, comentarios, vídeos cortos; tienes un casino, una ruleta y un cine pornográfico en tu bolsillo, abierto las 24 horas.

¿La pornografía es una adicción o es posible hacer un consumo “razonable”, como algunos dirían del alcohol o del tabaco?

El que dice que se puede hacer un uso responsable del tabaco o el alcohol probablemente tenga dos motivos: uno, que consume y no quiere dejarlo; o dos, que forma parte de la industria que lo vende. Generalmente, decir que la pornografía se puede consumir de forma razonable es como decir que me puedo meter solo una rayita de cocaína de forma razonable. El consumo de pornografía responsable o saludable no existe, porque no hay ninguna entidad de la salud sexual que avale o respalde que el consumo de pornografía es algo que fomente el placer sexual.

¿Se ha normalizado tanto la pornografía que ya casi no se perciben sus posibles efectos?

Creo que se ha dulcificado el consumo de pornografía. Veníamos de una sociedad en la que el sexo era un tabú y todo parecía muy restrictivo. Ahora, la industria pornográfica ha crecido hasta ser un monstruo. Han sido los primeros en conquistar internet, tienen más visitas que TikTok o que Netflix. 

¿Cómo afecta la pornografía al cerebro?

Los estudios neurocientíficos han descubierto que el cerebro de un adicto al porno es igual que el cerebro de un adicto a la cocaína. Los sistemas de recompensa y de la dopamina están igual de alterados y deteriorados en un adicto al juego que en un adicto a la pornografía y, por tanto, sabemos que el impacto que puede tener en el desarrollo neurocognitivo de un joven y de un adulto es muy grave.

¿Qué señales pueden indicar que una persona está desarrollando una adicción a la pornografía?

Podemos ver cambios en la persona, en la relación que tiene con las pantallas y en la relación que tiene con la pornografía. Yo digo que son tres P: persona, pantalla y pornografía. Puede haber cambios en el humor, en el estado de ánimo, en el aislamiento, en el rendimiento académico, perder la red social o de apoyo y deteriorar toda la salud mental. En relación con las pantallas, puedo sobreprotegerlas, borrar mucho lo que hago, intentar no dejar rastro en internet, irme mucho a sitios privados con el teléfono y tener una relación de mucha dependencia con ese entorno digital. Es una adicción muy silenciosa, porque el tabaco huele, el alcohol se nota en el comportamiento, esto no.

¿Qué tiene que ocurrir para que un adolescente diga en casa que tiene un problema de adicción a este tipo de contenido?

Tiene que haberse construido desde muy pequeños la confianza y un canal de comunicación transparente para decir: aquí puedes hablar de estos temas y yo no te voy a juzgar. Luego te daré mi consejo, te pondré un límite, te ayudaré, te acompañaré en lo que toque, depende de cada situación. Lo importante es que ambos, tanto padres como hijos, estén en la misma sintonía.

Si el acceso al porno llega tan pronto, ¿cómo puede un niño o un adolescente darse cuenta de que tiene un problema?

Les vamos dando indicadores adaptados a su edad. Yo diseñe un cómic, para los pequeños, que se llama El tiburón de internet, en donde les enseñamos el plan «PARA». Cuando se encuentran algo desagradable en internet, les decimos que paren la conducta, la P; que avisen a un adulto de confianza, la A; que respiren; y que sigan adelante. Es un ejemplo en el que tampoco hablamos de forma explícita de la pornografía, sino que les enseñamos que en su cuerpo hay detectores de alerta: te duele la tripa, te genera vergüenza, culpa, sabes que estás haciendo algo negativo, ahí es donde tienes que parar y pedir ayuda.

¿Cuáles son los principales síntomas de una adicción a la pornografía?

El 70% de los adictos presentan síndrome de abstinencia cuando hay una adicción comportamental: irritabilidad, no poder dormir y cambios en el estado de ánimo si no se puede acceder al porno. Básicamente, deja de ser algo puntual y empieza a estar muy presente en la cabeza de la persona.

¿Cuáles son los principales errores que cometen las familias cuando descubren que su hijo o hija consume pornografía?

Ignorarle, no tomarlo en serio y juzgarle. Todo ese juicio moral, sin un acompañamiento real, no ayuda. Otro error es pensar que hablar de sexo es una cosa muy compleja, o hablar de cosas muy explícitas, en lugar de construir una mirada hacia el sexo que tenga que ver con componentes relacionales y afectivos: la privacidad, la autoestima y el consentimiento.

¿Cómo pueden las familias prevenir este problema?

Con el "control parental" en la cabeza y el corazón: educando para distinguir la realidad. Una técnica práctica es el 3-2-1: tres minutos de charla diaria, dos noticias semanales para debatir y un cinefórum mensual. No es una charla puntual, sino un hábito cotidiano de confianza.

¿A qué edad hablar de sexo y pornografía?

La educación sexual empieza en la infancia enseñando respeto por el cuerpo y la intimidad. Sobre la pornografía, dado que el acceso suele ocurrir a los 11 años (e incluso antes de los 8), conviene introducir el tema a partir de los 8 años, especialmente si ya usan internet.

¿Qué cree que la sociedad todavía no ha querido escuchar sobre el consumo pornográfico?

Hay una frase que  resume muy bien todo esto: “el sexo aporta y el porno aparta”. Ir en contra de la pornografía no es ir en contra de la sexualidad, sino ir a favor de una sexualidad sana desde un punto de vista psicológico.

Cita

Hay menos empatía en las personas que más pornografía consumen