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Un partido. Eso es exactamente lo que ha durado el ‘Efecto Alfaro’ en el Nàstic de Tarragona. El estreno, con empate y buenas sensaciones frente al Sabadell, provocó que la ilusión y la fe regresaran en buena parte de la afición. Se generó un clima de optimismo, aunque en el trasfondo del asunto seguía presente cierto recelo. La realidad es que era imposible confiar al 100 % en una plantilla que jamás se ha arropado en la regularidad competitiva.
La visita ante el Algeciras era una prueba de fuego para el tercer entrenador de la temporada. Una oportunidad para que los jugadores diesen ese paso adelante que jamás antes habían dado. Un examen total para comprobar que, ahora sí, su renacer era firme. Desgraciadamente, el Nàstic ya comenzó la mañana llegando tarde al examen. Se sentó en el pupitre con la mirada atónita de sus compañeros.
Ni siquiera el hecho de que repitieran los once elegidos que cuajaron un buen partido frente al Sabadell fue suficiente para que el Nàstic mantuviera su rostro sereno. Todo cambió de un partido a otro. Los viejos fantasmas volvieron y los granas exhibieron esa versión que les convierte, de manera innegociable, en un claro candidato al descenso. De hecho, acabaron la jornada en puestos que condenan al infierno, con solo nueve jornadas por delante.
Cinco minutos bastaron para que al Nàstic se le presentase otro test con preguntas a las que rápidamente comprobó que no tenía respuestas. El Algeciras brindó una salida impetuosa, con firmeza y ambición. El conjunto grana ni siquiera pudo resistir porque, en apenas cinco minutos, le llegaron tres veces.
Las primeras fueron dos remates de Manín que no encontraron portería; la tercera fue una jugada de Avilés, que encontró carril libre en la izquierda y superó a Mangel Prendes con una facilidad insultante. No falló en el mano a mano ante Dani Rebollo y la bofetada de realidad llegó casi a las primeras de cambio. Si alguien esperaba un acto de rebelión del Nàstic, no estaba para nada en lo cierto.
No se sabe qué preocupa más: si la mala salida del Nàstic al verde o la nula reacción ante la adversidad de un equipo que volvió a entregarse a la cruda realidad sin sangre en los ojos. El conjunto de Pablo Alfaro no supo jamás cómo hacerle daño a un Algeciras que resistió sin apuros, porque su rival no fue capaz de encontrarle las grietas. El Nàstic fue un equipo que condensó la pelota entre centrales, pero que no supo cómo salir desde la base de la jugada. Faltó velocidad de balón, dinamismo y algún jugador que detectara los espacios libres en la trinchera del Algeciras.
Sin alma de rebelión
Nada de eso sucedió y el descanso le dio la oportunidad a los granas de limpiar la mente y ofrecer nuevas sensaciones. El Nàstic mejoró, pero de manera tímida. También fue el Algeciras el que decidió protegerse y dejar que los minutos pasaran sin pena ni gloria. Solo Álex Jiménez agitó algo el avispero, pero con esa falta de contundencia en metros finales que le condena.
El final del partido fue un claro reflejo de lo que es este Nàstic. El Algeciras jamás miró el reloj e incluso disfrutó del confort del 1-0 y tuvo el 2-0 en varias ocasiones, pero no llegó.
Pablo Alfaro tiró de naturalidad para analizar la derrota. Se entiende en su papel de portavoz del club, pero lo cierto es que no hay que ver como algo normal estar donde se está a falta de nueve fechas. La situación es muy grave. Mucho.