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No he seguido mucho la gala de los Oscar de este año. En el pasado, había llegado a verla en directo, a veces con amigos, y era algo que me encantaba. Ahora dedico mis desvelos nocturnos a otros menesteres más acordes a la paternidad, y el resto del tiempo procuro aprovecharlo para dormir... Pero me producen cierta nostalgia aquellas maratones intempestivas para ver lo que se cocía en el Dolby Theater –antes Kodak– de Hollywood. Aunque las entregas de premios a veces se hicieran largas y aburridas, o el presentador o presentadora de turno no diera con la tecla y ritmo adecuados, la noche de los Oscar era siempre un momento especial.
Dicen que la de este año no ha sido una gala para el recuerdo. Tampoco mala –a mi siempre me ha gustado Conan– pero nada especial. Explican los que la vieron que la ceremonia tuvo algo más de ritmo que otros años, que el monólogo de O’Brien estuvo a la altura, y que hubo algunos momentos emotivos –como el homenaje a Bob Reiner–, pero que, por lo demás, fue una celebración previsible, sin sobresaltos y algo anodina. Los discursos no fueron especialmente elocuentes, ni reivindicativos, ni emocionantes... Esperables. Previsibles. Poco memorables.
¿Pero qué hace que un discurso pase a la historia? ¿La espontaneidad? ¿Como el genial Roberto Benigni saltando por encima de las butacas para recoger su estatuilla por La vida es bella? ¿O una emoción genuina? Como Halle Berry, estallando en lágrimas al ser la primera mujer afroamericana en ganar el Oscar a mejor actriz y dedicando el galardón a «todas las chicas que alguna vez soñaron con esto». ¿O basta con algo simple, elegante, sencillo y elocuente? Un simple «gracias». Es lo único que dijo Audrey Hepburn al recibir el Premio Humanitario en 1993. Y todavía se recuerda. Me quedo con estos tres, por paradigmáticos: improvisación, emoción y sencillez. Discursos genuinos.