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Redactor Reus
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A sus 88 años, Jordi Gimeno (Riudoms, 1937) sigue subiendo cada día la persiana de su peluquería en plaça de Prim, fiel a un oficio que ejerce desde hace más de siete décadas, entre tijeras dobles y el clásico corte a navaja. El suyo es uno de los últimos establecimientos históricos que resisten en este punto neurálgico de la ciudad. «Te tiene que gustar mucho el oficio, ese es el secreto. Si no me encontrara bien lo dejaría», dice con una naturalidad desarmante. No sigue ninguna rutina milagrosa para mantenerse activo, más allá de montar a caballo. Una pasión que practica desde niño, «cuando montaba a pelo como los indios», recuerda el responsable de la Perruqueria Jordi, que recibe al Diari vestido de negro, su sello personal.
Ese bagaje se explica por una vitalidad contagiosa, una pasión genuina por el oficio y una obsesión constante por conseguir el mejor resultado para cada cliente. Hasta el punto de que llegó a enviar una carta al rey emérito proponiendo un cambio de peinado para Iñaki Urdangarin el día de su boda. Por su peluquería han pasado generaciones enteras y también personalidades como Antoni Pedrol Rius, Andreu Buenafuente, Jordi Pujol o Bigas Luna. El cineasta, cliente habitual, un día le pidió que le dibujara una estrella en la cabeza. Se fue encantado.
«Los clientes me preguntan: “¿qué haré cuando te jubiles?, ¿dónde me cortaré el pelo?”», explica el riudomense. «Te jubilas y ¿qué haces?», se pregunta. «Yo ya he viajado al extranjero y he conocido mundo. He disfrutado mucho durante mi vida». La peluquería se ubica en los bajos del edificio de CaixaBank. «Han intentado comprarme el local tres o cuatro veces. También otros inversores. Pero yo solo lo alquilo», afirma sin vacilar.
Su padre, que regentaba una peluquería en Riudoms, fue su primer maestro. Desde muy pequeño le ayudaba yendo a buscar agua al pozo, ya que todavía no existía agua corriente. Con diez años ya afeitaba a clientes. A mediados de los años cincuenta no había cuchillas de afeitar ni máquinas eléctricas: quien quería afeitarse tenía que ir, sí o sí, a la barbería. A los catorce años ya realizaba todo tipo de cortes. El oficio le brotaba con una naturalidad que hacía pensar que aquel era, sencillamente, su lugar en el mundo.
Aún adolescente comenzó a trabajar en una barbería del carrer Sant Joan de Reus, a la que acudía cada día en bicicleta desde Riudoms. Allí podía trabajar durante toda la jornada, ya que la peluquería familiar abría únicamente por la noche. Durante el día la gente trabajaba la tierra. Después de la mili -donde también cortaba el pelo a los oficiales- pasó una década entera atendiendo a más de 120 internos del colegio La Salle. El oficio ya era una parte inseparable de su vida.
Gimeno ha vivido -y protagonizado- la gran transformación del cabello masculino. Cuando él empezó, peinarse era una cuestión de disciplina: pelo hacia atrás o con raya, traje y corbata, una estética masculina pulcra y ordenada. Con el tiempo, el cabello se convirtió en una forma de expresión personal. Y en este cambio de paradigma, Jordi Gimeno ha estado siempre a la vanguardia.
Los lunes, su único día libre, Gimeno cogía el tren hacia Barcelona para formarse en la peluquería Henry Colomer, en el carrer Diputació, donde Josep Colomer -peluquero del rey emérito- le enseñó el corte a navaja. Aquella técnica acabaría convirtiéndose en su sello personal. Siempre ha tenido la inquietud de evolucionar y adelantarse a las tendencias.
Decidido a hacerse un lugar, un día vio un local que se traspasaba en el carrer Jesús por 100.000 pesetas. Su madre le prestó el dinero y su padre, albañil de profesión y peluquero por la noche, se encargó de la reforma. Así, en 1968 abrió su propia barbería en Reus.
Los inicios no fueron fáciles, pero la clientela fue creciendo gracias al corte a navaja y a un trato personal que pronto se convirtió en marca de la casa. Incluso tuvo que pagar una multa de 3.500 pesetas por abrir un domingo de revetlla de Sant Pere —haciendo entrar a los clientes por la puerta trasera— en una época en la que el gremio controlaba estrictamente horarios y días laborables.
Europa como escuela creativa
Con los años, Jordi Gimeno se convirtió en una figura reconocida dentro del mundo de la peluquería. Fue director del Club Artístic de Tarragona y recorrió Europa participando en ferias, campeonatos y jurados. También participaba en desfiles de moda que se celebraban en la antigua discoteca Metàl·lic, donde se presentaban las nuevas tendencias en peinados.
Fruto de esta proyección, en 1980 dio un paso más y compró el local de la plaça de Prim por seis millones y medio de pesetas, donde todavía hoy trabaja. En un campeonato mundial descubrió unas tijeras dobles americanas capaces de cortar y vaciar el cabello al mismo tiempo. Se convirtió en el embajador de aquel invento en nuestro país, así como de máquinas manuales de corte, siempre con la voluntad de perfeccionar la técnica.
Con la perspectiva que dan siete décadas de oficio, Gimeno observa con mirada crítica la evolución actual. «Todos los jóvenes llevan el flequillo hacia abajo, van más desaliñados». Aun así, se ha adaptado a todas las modas: degradados, rapados o estilos copiados de futbolistas o cantantes. Lo que más le sigue llenando es la satisfacción final: dejar al cliente elegante y contento. «Cuando se marcha, lo miro desde lejos para ver si le ha quedado bien».
Cita
Los clientes me preguntan: ‘¿Dónde me cortaré el pelo cuando te jubiles?’