Categoría
Antetítulo
Título
Subtítulo
Autores
Redactor en la sección de Panorama
Imagen Principal

Artículo
En la mañana posterior a los bombardeos de Estados Unidos e Israel que mataron al líder supremo de Irán, Ali Jamenei, la figura que compareció ante el país no fue la de un clérigo, sino la de un político curtido en despachos, negociaciones y equilibrios internos: Ali Larijani.
A sus 67 años, el secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional se ha convertido en uno de los rostros centrales de la respuesta de Teherán ante la mayor crisis desde la Revolución Islámica de 1979. Su discurso, tradicionalmente asociado al pragmatismo conservador, adoptó un tono inusualmente beligerante tras los ataques. En un mensaje difundido en redes sociales y en la televisión estatal, prometió una respuesta contundente y aseguró que el país estaba preparado para una confrontación prolongada.
Nacido el 3 de junio de 1958 en Nayaf (Irak), en el seno de una familia acomodada originaria de Amol, Larijani pertenece a una saga influyente dentro del régimen iraní. Su padre fue un destacado religioso chií y varios de sus hermanos han ocupado posiciones de peso en el aparato judicial y en la Asamblea de Expertos, el órgano encargado de supervisar y elegir al líder supremo.
Escribió su tesis sobre Kant
A diferencia de muchos dirigentes formados exclusivamente en seminarios religiosos, Larijani construyó un perfil académico híbrido. Se licenció en Matemáticas y Ciencias de la Computación en la Universidad Tecnológica Sharif y posteriormente obtuvo un máster y un doctorado en Filosofía en la Universidad de Teherán, con una tesis centrada en el pensamiento de Immanuel Kant. Esa combinación —formación científica y reflexión filosófica occidental— marca su imagen como un conservador con vocación técnica.
Tras la revolución de 1979, se incorporó a la Guardia Revolucionaria y más tarde dio el salto al Gobierno. Fue ministro de Cultura en los años noventa y dirigió la radiotelevisión estatal durante una década, etapa en la que recibió críticas de sectores reformistas por su línea restrictiva.
Su trayectoria institucional es extensa: fue ministro de Cultura en los años noventa, dirigió la radiotelevisión estatal y, entre 2008 y 2020, presidió el Parlamento durante tres mandatos consecutivos. Desde esa posición desempeñó un papel clave en la aprobación del acuerdo nuclear de 2015 con las potencias mundiales, consolidando su imagen de interlocutor válido ante Occidente. Antes, como secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional y jefe negociador, había participado directamente en el expediente nuclear, cargo al que regresó el pasado año.
Su carrera también refleja tensiones internas. Dimitió en 2007 como negociador tras discrepar de la línea del entonces presidente Mahmud Ahmadineyad, y vio frustradas sus aspiraciones presidenciales en varias ocasiones, dos de ellas por veto del Consejo de Guardianes.
La muerte de Jamenei abre ahora una etapa incierta. Aunque no es clérigo —condición que tradicionalmente pesa en la elección del líder supremo bajo el principio del velayat-e faqih—, Larijani figura entre los nombres clave de la transición. Para algunos, puede ser el gestor de un equilibrio delicado entre confrontación y negociación; para otros, su papel se limitará a operar tras bastidores. En cualquier caso, su influencia será determinante en el nuevo tablero político iraní.