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Dentro de tres días voy a ir a verlo. Le vieux cerisier japonais. El viejo cerezo japonés. Él no lo sabe pero cada año temo que sea su último año. Su dueño lleva anunciándome su desaparición desde hace ocho primaveras y sin embargo, el viejo cerezo japonés resiste. Florece como si las hadas del bosque hubiesen pasado la noche depositando en sus ramas todas y cada una de sus flores. Quizás lo hagan. Te despiertas y de repente ahí están. Hay que decir que no sabemos cuántos años tiene y que su tronco está vacío, como podrido. La savia debe circular sólo por la corteza. A su alrededor no hay otros cerezos, en todo caso si recibe ayuda, la retícula de asistencia mutua (Wood World Web) que aquí llamamos micorriza, debe trabajar de lo lindo para aportarle los nutrientes que necesita. ¿Milagro? No lo sabemos. Ocurre una magia con ese árbol que quizás un experto nos podría explicar. Yo voy llamando a la llegada de la primavera (y no soy la única que se interesa por la floración del viejo) y pregunto ¿ya floreció? Insisto hasta que una mañana me llega la fotografía. Resiste. Las flores rosadas son cada años más pequeñas pero no menos numerosas. Siempre hay un par de petirrojos que lo celebran, y un enjambre de abejas y abejorros que se lo pasan en grande. Dentro de tres días le daré un abrazo. Se lo merece. Quizás sea el último.