Categoría
La Mirada
Título
Irán: una guerra improvisada de consecuencias impredecibles
Autores
Gustau Alegret

Artículo

Hoy se cumplen 16 días desde que Estados Unidos e Israel comenzaron su ofensiva militar contra el régimen de los ayatolás en Irán. El presidente Donald Trump tomó la decisión mientras estaban en curso conversaciones diplomáticas en Ginebra con el ministro de Exteriores iraní para continuar las negociaciones de paz, y ambas partes informaron la noche antes de los «buenos progresos» que estaban logrando. Pero la delegación estadounidense, de puertas adentro, desconfiaba de la buena voluntad iraní. O al menos eso es lo que nos contaron en las horas siguientes para justificar el ataque. Días más tarde, el secretario de Estado, Marco Rubio, explicó que tuvieron que atacar porque Israel ya había tomado la decisión y no tenían otra opción que la de acompañar a su aliado más importante en la región y para defender la veintena de instalaciones militares que Washington mantiene en Oriente Medio, de las cuales ocho son bases permanentes, repartidas en Arabia Saudí, Bahréin, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Irak, Israel, Jordania, Kuwait, Catar y Siria. Las palabras de Rubio generaron preocupación porque daban a entender que Estados Unidos se vio arrastrado al conflicto por decisión del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu. En otras palabras: Rubio no aclaraba si comenzar esta guerra era algo querido por Trump y sus asesores ni si la premura israelí había llevado a Washington a improvisar por no tener un plan.

Desde la primera bomba, nadie en Washington parece ponerse de acuerdo en dos cosas fundamentales que uno creería que son parte de las conversaciones internas previas a un ataque así: no hay claridad sobre el porqué de esta guerra, ni tampoco sobre cuánto durará. En una de sus primeras intervenciones, Donald Trump afirmó que podría durar «cuatro o cinco semanas». Sin embargo, desde entonces, tanto el presidente como varios miembros de su administración han ido modificando sus declaraciones sobre los plazos previstos y los objetivos reales de la intervención militar, generando confusión sobre el rumbo del conflicto.

Funcionarios de la Casa Blanca han sugerido que el objetivo último de Washington era derrocar al régimen iraní y lograr su «rendición incondicional», lo cual abría la puerta a bombardeos continuos por el tiempo que fuera necesario para lograrlo. En otros momentos, en cambio, el propio Trump han transmitido un mensaje radicalmente distinto: que la guerra ya había cumplido su propósito al desmantelar y destruir de manera decisiva la capacidad militar de Irán.

La falta de claridad, cuando no las contradicciones entre los distintos mensajes oficiales, deja más dudas que certezas, y más preocupación si cabe. No está claro si Washington buscará una salida negociada, esperará el colapso del régimen iraní o simplemente declarará la victoria una vez haya alcanzado algún umbral militar. Todo mientras desde la administración Trump intentan tranquilizar a la opinión pública asegurando que Estados Unidos no se verá arrastrado hacia otra guerra larga y costosa como la de Iraq (2003-2011) o la de Afganistán (2001-2021), un escenario que muchos analistas y cada vez más estadounidenses temen que ya sea inevitable. De momento, el precio del crudo se ha disparado, el coste de la vida sube y el número de muertos aumenta más entre los iraníes, pero igualmente preocupante entre los estadounidenses, porque esos muertos resuenan entre los votantes trumpistas que recuerdan que el mismo Trump prometió innumerables veces no llevar al país a nuevas guerras y priorizar «Estados Unidos primero»–.

No se trata únicamente de mensajes contradictorios o la falta de uno claro. Lo preocupante en esta guerra es la aparente ausencia de una estrategia clara y un plan comprensivo. Mientras, la incertidumbre se extiende. Los mercados financieros tiemblan; los aliados no sólo desconfían, sino que lamentan verse involucrados; los adversarios –como China o Rusia– hacen sus cálculos para ver dónde ganan o hasta dónde se debilita Estados Unidos; y el mundo aguanta resignado la respiración esperando decisiones que parecen tomarse a golpe de trino de alguna red social.

No hay liderazgo. Hay improvisación a escala global y con consecuencias difíciles de predecir.