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Cada día tengo la sensación de que me olvido algo. La sensación de estar a punto de llegar a algo, como si la nieve que todavía no cae ya me estuviera esperando. Salgo de casa y sigo con el repaso mental: Teléfono, cartera, cargador, libro (por si me quedo bloqueada en algún sitio), bolígrafo (por si me atacan las musas), kleenex (por si... ya se lo pueden imaginar) y pintalabios que igual sirve para los labios que para las mejillas que para nada. A veces creo que el viaje real es ese: comprobar que lo esencial sigue ahí. Que no te has olvidado de ti misma entre tanto trajín. Cada día bajo las escaleras con esa sensación en la nuca ¿de qué me estoy olvidando? No suele haber respuesta hasta que ya estoy demasiado lejos como para que regresar no sea una odisea. Y ahora que llega el frío, regresar a buscar el teléfono parece aún más imposible. Me gusta la idea del frío, esa sensación de empezar de cero, de que todo se detiene un poco y el tiempo parezca más lento. Dicen que el frío fortalece el espíritu, que te limpia, que tapa lo que duele y deja el mundo nuevo. Cada mes de enero es un poco como cada mañana. Empezar de cero, recordar si todo lo esencial está aún con nosotros y no tener jamás ya esa seguridad, porque a una cierta edad, ya has perdido muchas cosas esenciales. Y darte cuenta lo esencial, siempre va contigo.