Categoría
Cine
Antetítulo
El estreno
Título
'Nouvelle Vague': cuando el cine aprendió a jugar
Subtítulo
Para los amantes del cine y de la vida. El cineasta americano Richard Linklater se cuela en el París de 1959 para celebrar, con humor y ligereza, el nacimiento indisciplinado de la Nouvelle Vague
Autores
Eduard Castaño
Periodista

Imagen Principal
Guillaume Marbeck y Richard Linklater, en un descanso del rodaje del film.
Guillaume Marbeck y Richard Linklater, en un descanso del rodaje del film.
Artículo

Richard Linklater (Boyhood: Momentos de una vida, Antes del amanecer, Antes del atardecer o Antes del anochecer) no filma Nouvelle Vague como quien mira un álbum de fotos amarillentas, sino como quien abre una puerta secreta y se cuela dentro de un instante irrepetible. Su nueva película no aspira a explicar la historia del movimiento francés ni a subrayar su importancia académica: prefiere algo mucho más arriesgado y, a la vez, más sencillo. Quiere que estemos allí. En 1959. En París. En el rodaje caótico, libre y casi inconsciente de Al final de la escapada.

Rodada en un blanco y negro que no busca la postal sino la textura del recuerdo, Nouvelle Vague es menos un biopic que un estado de ánimo. Linklater —cineasta profundamente europeo incluso cuando rueda en Texas— entiende que la Nouvelle Vague fue, ante todo, una forma de estar en el mundo: filmar rápido, filmar con amigos, filmar sin pedir permiso. Por eso su película avanza con ligereza, humor y una cierta despreocupación narrativa que no es descuido, sino coherencia.

El centro gravitacional del filme es Jean-Luc Godard, interpretado por un Guillaume Marbeck asombrosamente preciso: esa mezcla de timidez, insolencia y convicción absoluta de que el cine puede reinventarse cada mañana. Godard aparece como el último crítico de Cahiers du Cinéma que aún no ha rodado, lanzándose a Al final de la escapada sin red, improvisando diálogos, descolocando al equipo y desesperando a una Jean Seberg encarnada con encanto por Zoey Deutch.

Pero Linklater no se detiene en un solo mito. Nouvelle Vague es una película coral, un desfile gozoso de presencias: Truffaut, Rivette, Rohmer, Chabrol, Varda; y también Melville, Cocteau, Rossellini, Bresson… Todos están ahí, cruzándose, opinando, fumando, discutiendo de cine como si el cine fuera lo único verdaderamente importante. Y quizá lo era.

Hay algo profundamente entrañable en la mirada de Linklater. No juzga, no ironiza desde la superioridad contemporánea, no desmonta el mito: lo abraza. Su homenaje es sincero y festivo, nunca fetichista ni solemne. Introduce humor, pequeñas bromas cinéfilas, escenas que funcionan como guiños cómplices para el espectador que ama el cine. En ese sentido, Nouvelle Vague funciona como una comedia de lunáticos creativos, pero también como una declaración de principios. Es una película que recuerda que el cine puede hacerse con poco dinero y muchas ganas, que filmar puede ser un acto vital antes que industrial.

Nouvelle Vague no mira hacia atrás con melancolía, sino que revive un momento de efervescencia creativa, de sex-appeal cinematográfico. Es una fiesta de cine, un recordatorio luminoso de por qué nos enamoramos de las películas en primer lugar. No es una obra grandilocuente ni pretende serlo. Es acogedora, juguetona, profundamente cinéfila. Y, quizá por eso mismo, una de esas películas que no solo se disfrutan, sino que te animan descaradamente a volver a mirar el mundo como si siempre estuviera a punto de convertirse en cine.

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