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Noelia Castillo Ramos, una joven de Barcelona de 25 años afectada por una paraplejia, y que ha solicitado la eutanasia en diversas ocasiones, la recibirá finalmente este jueves 26 de marzo, pese a la oposición de su familia, que ha llegado a recurrir a la justicia europea para evitar el suicidio asistido de la chica. Su historia es una auténtica tragedia: víctima de una violación múltiple, trató de suicidarse y quedó paralítica y con graves dolores a causa de las secuelas de la caída. Todo ello, según su familia, sumado a una «discapacidad reconocida del 67% por enfermedad mental» previa a la violación; y un empeoramiento de su situación psicológica tras el suceso. Su padre siempre ha defendido que Noelia no recibía ayuda psiquiátrica y que, con la ayuda adecuada, no recurriría a la llamada muerte digna.
No entraré a juzgar si Noelia hace bien o no al pedir la eutanasia. Me parece que el calvario que ha sufrido en su vida, y el dolor físico y mental que le causa su situación, son motivos suficientes para que cualquiera sienta la tentación de tomar una decisión tan drástica y difícil. Tampoco juzgaré a su padre, ni al resto de miembros de su familia, que han querido evitar a toda costa que una persona a la que quieren se quite la vida. Son víctimas colaterales de esta desgracia. Todos han sufrido en el proceso, y merecen respeto.
Me parece, sin embargo, que la eutanasia de Noelia no es una victoria. Es un drama. Todos pierden. Tampoco es un acto de libertad. En una situación de suicidio –y esta lo es– el que se quita la vida nunca es del todo libre. Es esclavo de su dolor, de su tristeza, de su soledad... Y estas son las fuerzas que le llevan a querer morir.Quiero pensar que hay maneras de acompañar, de ayudar, y de apoyar que lleven a las personas que sufren a no desear la muerte. Y me gustaría que el Estado estuviera de este lado. Del lado de los paliativos, de la ayuda psicológica, de la medicina... De la vida digna.