Categoría
La Tribuna
Título
‘Guerra imperfecta’ vs ‘guerra perfecta’
Autores
Ricardo Mor Solá
Diplomático

Artículo

Mucho se está escribiendo y abordando recientemente sobre la naturaleza ilegal de la guerra iniciada por el presidente de Estados Unidos, conjuntamente con el primer ministro de Israel, para hacer frente a Irán en relación con su potencial como actor nuclear que amenaza la seguridad en Oriente Medio.

Cabe recordar que el ius ad bellum es la rama del derecho internacional que regula las razones legítimas y las condiciones bajo las cuales los Estados pueden recurrir al uso de la fuerza armada, con el objetivo principal de limitar su uso, tal como establece la Carta de las Naciones Unidas.

Se distingue del ius in bello, que es el derecho en la guerra. Pero, aunque esté menos vinculado al lenguaje del derecho internacional, hay una cuestión de especial relevancia merecedora de una breve reflexión crítica en las circunstancias actuales en razón de la personalidad de los mandatarios estadounidense e israelita y el derrotero que está siguiendo el conflicto con Irán, que nos remite a lo que los expertos denominan como ‘guerra perfecta’.

El concepto de ‘guerra perfecta’, en efecto, ha sido utilizado en distintos ámbitos —estratégicos, tecnológicos y mediáticos— para describir un tipo de conflicto supuestamente limpio, quirúrgico y controlado. Se trata de una narrativa que promete precisión absoluta, daños colaterales mínimos y una gestión casi matemática de la violencia. Sin embargo, diversos analistas han señalado que esta idea funciona más como un mito legitimador que como una descripción realista de la guerra contemporánea. En este contexto, la retórica de Donald Trump sobre los conflictos internacionales —a menudo caracterizada por su imprevisibilidad, su énfasis en la presión económica y su uso intensivo de la comunicación directa— puede interpretarse como una forma de ‘guerra imperfecta’, no porque aspire a un ideal alternativo, sino porque expone las grietas del propio concepto de perfección bélica.

La llamada ‘guerra perfecta’ se sostiene sobre tres pilares: la superioridad tecnológica, la información total y el control absoluto del entorno. Pero estos pilares resultan frágiles cuando se examinan a la luz de los conflictos reales.

La tecnología no elimina la incertidumbre; la información nunca es completa; y el control del entorno se ve constantemente erosionado por actores no estatales, dinámicas regionales y factores imprevisibles. Por ello, muchos expertos consideran que la ‘guerra perfecta’ es más un dispositivo retórico que una posibilidad material. Sirve para justificar intervenciones, para tranquilizar a la opinión pública y para presentar la violencia como un ejercicio racional y aséptico.

En contraste, la aproximación de Trump a los conflictos internacionales —y lo hemos podido comprobar muy directamente en Europa— se caracteriza por la disrupción, la presión económica como arma principal, la negociación agresiva y la comunicación directa como herramienta de intimidación o de señalización estratégica.

Ese enfoque, que algunos han descrito como caótico o improvisado, puede entenderse como una ‘guerra imperfecta’ en la medida en que renuncia explícitamente a la pretensión de control absoluto. No se presenta como quirúrgica, sino como transaccional; no como un proceso limpio, sino como un forcejeo permanente en el que la incertidumbre se utiliza como recurso.

Esta divergencia revela por qué las consideraciones que sustentan la ‘guerra perfecta’ parecen cada vez menos válidas. En primer lugar, porque la guerra contemporánea se desarrolla en un entorno híbrido donde lo militar, lo económico, lo informativo y lo diplomático se entrelazan de forma inseparable. En segundo lugar, porque la proliferación de actores y tecnologías hace imposible mantener la ilusión de precisión absoluta. Y en tercer lugar, porque la política exterior —sea la de Trump o la de cualquier otro líder— opera en un terreno donde la percepción pública, la presión interna y la competencia global introducen variables que ningún modelo de ‘perfección’ puede absorber.

A mi modo de ver, la ‘guerra imperfecta’ no es, por tanto, un ideal alternativo, sino un recordatorio de que la guerra real siempre ha sido así: incierta, contradictoria, llena de decisiones improvisadas y de consecuencias imprevistas. Lo que cambia es la narrativa. Mientras la ‘guerra perfecta’ intenta ocultar la naturaleza caótica del conflicto, la ‘guerra imperfecta’ la exhibe, ya sea de manera deliberada o como efecto colateral de un estilo político determinado. En este sentido, el contraste entre ambas no solo ilumina las limitaciones del ideal tecnocrático de perfección bélica, sino que también invita a reconsiderar cómo se construyen las narrativas de poder en el siglo XXI.