Categoría
Cine
Antetítulo
El estreno
Título
'Proyecto Salvación', también hay Soletes en el cine
Subtítulo
Una odisea espacial. Entre lo ingenuo y lo espectacular, el film convierte una premisa algo absurda en una aventura entretenida, emotiva, optimista y visualmente potente
Autores
Eduard Castaño
Periodista

Imagen Principal
Un estupendo Ryan Gosling interpreta a Ryland Grace, un profesor de secundaria que despierta solo en una nave espacial sin recuerdos.
Un estupendo Ryan Gosling interpreta a Ryland Grace, un profesor de secundaria que despierta solo en una nave espacial sin recuerdos.
Artículo

Proyecto Salvación (o Project Hail Mary) es una de esas películas que parecen haber sido diseñadas en un laboratorio: una pizca de épica espacial, una cucharada de sentimentalismo bien medido y, como ingrediente estrella, el carisma casi insultante de Ryan Gosling, que aquí demuestra —una vez más— que podría tener química incluso con una piedra. Literalmente.

La premisa no engaña: un brillante biólogo molecular perdido en el espacio, acompañado únicamente por un alienígena con más personalidad que muchos humanos del cine reciente. La historia es, siendo generosos, un poco tonta. Pero también lo era E.T. en su superficie, y nadie salió quejándose. Aquí ocurre algo parecido: la tontería está al servicio de algo más sincero, más humano… o, al menos, más entretenido.

La película juega a ser muchas cosas a la vez. Quiere la trascendencia de Interstellar, el encanto emocional de E.T. y el ingenio científico de Marte, también basada en una novela de Andy Weir. El resultado es un híbrido algo descompensado: demasiado largo, a ratos previsible y con momentos de una falta de pudor casi entrañable. Y sin embargo… funciona.

Funciona porque Gosling —una especie de Robinson Crusoe espacial— sostiene la película con una mezcla de sarcasmo, vulnerabilidad y timing cómico que convierte lo que podría haber sido un desfile de clichés en una experiencia sorprendentemente llevadera. Su relación con el alienígena —una especie de ‘bromance’ interestelar— recuerda, en sus mejores momentos, a la dinámica clásica de R2-D2 y C-3PO, pero con más carga emocional y menos pitidos. También ayuda que la película, en su aparente ingenuidad, tenga algo que decir. En un momento en que el cine parece debatirse entre el cinismo y el espectáculo vacío, Proyecto Salvación apuesta por algo casi radical: la esperanza. Cree —sin ironía— en la inteligencia, en la cooperación y en la capacidad humana de arreglar las cosas sin necesidad de destruirlas primero. Es una propuesta tan poco de moda que resulta, paradójicamente, refrescante.

Eso no significa que esté libre de pecado. Cuanto más se esfuerza por emocionar, más evidente se vuelve. Y, aun así, uno se deja llevar. No tanto porque la película sea impecable, sino porque sabe tocar las teclas adecuadas en el momento justo.

Visualmente, cumple con creces: efectos llamativos, escala cósmica y suficiente espectáculo como para justificar la pantalla grande. Narrativamente, es un popurrí de ideas conocidas, pero ejecutadas con suficiente energía como para que no importe demasiado. Es ciencia ficción ‘dura’ que se digiere fácil, lo cual ya es casi un logro en sí mismo.

Al final, lo que queda es una sensación curiosa: Proyecto Salvación no es la revolución del género que insinúa ser, pero tampoco lo necesita. Es, más bien, un recordatorio de por qué el público se enamoró de este tipo de historias. Una aventura espacial que te hace reír, emocionarte y, en el mejor de los casos, aplaudir al final.

Tonta y sincera, larga (156 minutos) y eficaz, previsible y encantadora. Un ‘blockbuster’ a la antigua usanza que, contra todo pronóstico, consigue que una historia sobre el fin del mundo se sienta… sorprendentemente humana.

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