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Diari de Tarragona
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Cada comienzo de año tiene algo de ritual silencioso. Cambia el calendario, aflojamos un poco el ritmo y, casi sin darnos cuenta, aparece esa pregunta que vuelve siempre: ¿Qué quiero ahora? A veces la formulamos con palabras claras y queda flotando como una sensación difusa, pero está ahí. Se cuela en las listas de propósitos, en las conversaciones de enero, en esa mezcla rara de expectativa y cansancio que traen los comienzos. Y suele vivirse como si el deseo señalara todo lo que falta, como si el año nuevo fuera una oportunidad para corregir déficits acumulados. Más disciplina, más éxito, menos errores, menos malestar. Sin embargo, esta forma de plantear los propósitos parte de una idea muy extendida, pero poco cuestionada: que deseamos porque carecemos de algo. ¿Deseamos porque nos falta algo? Durante años hemos escuchado a personas muy distintas hablar de sus propósitos como si fueran parches. Como si al lograrlos, por fin, algo esencial quedara resuelto. Con el tiempo, ya sospechamos que ahí hay una confusión de base. El deseo no es solo la expresión de una carencia. No deseamos únicamente porque algo no está, sino porque estamos vivos, porque hay en nosotros una fuerza que empuja, que insiste, que persevera. Esta idea no es nueva. En la filosofía de Spinoza, el deseo es entendido como la expresión misma de la esencia humana, aquello que nos impulsa a perseverar en nuestro ser y a aumentar nuestra potencia de actuar. Desde esta perspectiva, el deseo no es un defecto que debamos corregir, sino la energía que sostiene nuestra vida activa. Pensar así el deseo cambia radicalmente la forma en que encaramos los propósitos. Ya no se trata solo de fijar metas externas, sino de orientar una fuerza que ya está en marcha. Cada vez que formulamos un propósito, estamos decidiendo hacia dónde dirigir nuestra motivación. Orientar el deseo no implica reprimirlo ni controlarlo a la fuerza. Tampoco implica renunciar al placer. La tarea es reflexionar sobre nuestros deseos, comprenderlos y transformarlos cuando sea necesario. Cuando lo hacemos, el deseo deja de ser una fuente de frustración recurrente y se convierte en un motor de perseverancia.