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El pasado jueves, el Teatre Fortuny de Reus se transformó en un palacio de fantasía para acoger La bella durmiente, de Piotr Ilich Tchaikovsky, interpretada por la Compañía de Ballet Clásico Internacional en una velada en la que el tiempo pareció detenerse junto a sus protagonistas, suspendido entre la música, la danza y una cuidada estética que envolvió al público desde el primer compás.
La representación se inscribió con solvencia en la gran tradición del ballet académico, ofreciendo una lectura respetuosa y cuidada del canon clásico sin renunciar a una dimensión poética, donde la danza se erigió como vehículo privilegiado del romanticismo que impregna la partitura de Tchaikovsky. Cada variación, cada pas de deux y cada escena de conjunto parecían respirar al compás de la música, subrayando sus matices líricos y su estructura sinfónica.
La coreografía, ejecutada con precisión y musicalidad, acompañó de manera magistral las tensiones expresivas de la obra, logrando que el movimiento no ilustrara simplemente la música, sino que la prolongara y la encarnara en el espacio.
Y es en este contexto en que la labor de los solistas principales, Tatiana Nazarchevici y Nikolái Nazarchevici, alcanzó un nivel de especial relevancia. Tatiana construyó una Aurora de líneas puras y control técnico ejemplar, dotada de una expresividad contenida que evolucionó con naturalidad a lo largo de la obra, reflejando la transición del candor juvenil a la plenitud lírica del desenlace final.
Nikolái ofreció un príncipe de presencia noble y depurada elegancia clásica, con un trabajo de saltos y giros de especial limpieza, así como una sólida compenetración con su partenaire en los momentos más exigentes del repertorio, refirmando una vez más la vigencia del ballet clásico como forma artística capaz de conjugar disciplina, belleza y emoción.
Como si se tratase de un personaje más, la escenografía, de una preciosidad casi pictórica, construyó con elegancia los distintos mundos del ballet: el fasto cortesano del prólogo, el lirismo del bosque encantado y el esplendor del desenlace final. Cada telón y cada detalle visual estaban pensados para subrayar el carácter de cuento de hadas de la obra, sin excesos, pero con una delicadeza que realzaba la narración y acompañaba con armonía aquella partiturs tan iconica. Los vestuarios, ricos en texturas, colores y bordados, aportaron un brillo constante a la escena y ayudaron a definir la personalidad de cada personaje con una paleta cromática refinada de mundo de ensueño.
La representación concluyó entre aplausos prolongados y expresiones ensimismadas, confirmando que La bella durmiente sigue siendo, más de un siglo después de su estreno, una joya viva del repertorio clásico.