Categoría
Nàstic
Antetítulo
La crónica
Título
En el limbo (Nàstic de Tarragona 0-1 Teruel)
Subtítulo
Tercera derrota seguida de un conjunto grana al que se le pegan las sábanas ante un Teruel con uno menos durante 55 minutos. Christos Almpanis se retiró en camilla por una conmoción. La grada terminó visiblemente molesta con el equipo y con la directiva
Autores
Joel Medina
Redactor de Tarragona y Esports

Imagen Principal
Marcos Baselga durante el partido contra el Teruel.
Marcos Baselga durante el partido contra el Teruel.
Artículo

Ya no es solo el limbo clasificatorio, que ni siquiera es lo más grave ni lo que más inquieta. Es el limbo de un equipo que ha ido hacia atrás en las últimas jornadas tras un buen inicio desde la llegada de Cristóbal Parralo y que, ante el Teruel, en su regreso al Nou Estadi después de un mes de ausencia, no solo no se pareció al conjunto que arrolló al Cartagena, sino que ofreció una versión muy lejos de aquel espejo.

El Nàstic se ha instalado en una dinámica en la que afloran con facilidad sus carencias y en la que resulta incapaz de exprimir aquello que mejor sabe hacer. Un tanto de Andrés Rodríguez al filo del descanso terminó por castigar a un equipo que jugó desde el minuto 35 con superioridad numérica tras la expulsión de Nico Van Rijn, pero que fue incapaz de derribar la muralla de un Teruel que, sin alardes, tampoco pasó apuros

Hubo acercamientos, sí, aunque sin excesiva claridad: una acción de Marcos Baselga en el primer acto y un chut de Cedric tras la reanudación fueron lo más destacable. A ello se sumaron las contrariedades físicas: primero la lesión de Álvaro García al cuarto de hora y, ya en el tramo final, más chocante, la de Christos Almpanis, evacuado en camilla en el 80’ tras sufrir una conmoción cerebral.

El regreso de Óscar Sanz pretendía insuflar un soplo de aire fresco en la salida y la construcción del juego, un apartado en el que el equipo estaba obligado a dar un paso al frente respecto a citas anteriores. Sin embargo, la mejoría apenas fue perceptible. El plan del conjunto dirigido por Vicente Parras estaba bien definido: minimizar riesgos en la salida y esperar su momento. Mamadou Traoré se mostró eléctrico en los primeros minutos y protagonizó una aproximación que sirvió más para enseñar las garras que como amenaza real.

Al otro lado, los granas se mostraban espesos, imprecisos y con escaso colmillo. Jaume Jardí, Sanz y Marc Montalvo aportaban cierta claridad cuando el balón pasaba por sus botas, pero el equipo no lograba templar el juego ni asentarse sobre el césped. Y, como si el guion necesitara más obstáculos, llegó otro contratiempo: Álvaro García se dejó caer al suelo tras romperse en una acción en carrera en la que le faltó contundencia. Enric Pujol fue su relevo.

El parón provocado por la lesión parecía despertar tímidamente al Nàstic, que comenzó a asomarse al área rival frente al entramado defensivo del 5-4-1 planteado por Parras. Nada más lejos de la realidad. El equipo continuaba navegando entre errores, incapaz de enlazar pases con continuidad o de mirar con determinación hacia la portería contraria. El Teruel, por su parte, tampoco inquietaba en exceso, aunque el Nàstic volvía a mostrar que sus mayores penitencias nacen atrás.

Las amenazas granas llegaban a cuentagotas, como el destello del minuto 25 entre Jardí y Marcos Baselga. El de Reus recibió en el costado izquierdo, cerca del vértice del área, y colgó un centro bombeado que el zaragozano cabeceó rozando el palo izquierdo de Rubén Gálvez. 

Poco más ocurrió en un partido que parecía rendir homenaje a la hora del mediodía –arrancó a las 12.00 h– y en el que ninguno de los dos equipos se hacía con el timón. El Nàstic fiaba sus opciones a una inspiración individual de Baselga, omnipresente; a la versatilidad de Jardí, que rinde allí donde se le coloque; o al liderazgo silencioso de Montalvo, eje en la medular.

Pero el golpe que rompió el equilibrio llegó por un error ajeno. En el minuto 35, Baselga encaraba en solitario la portería de Gálvez cuando Nico Van Rijn, que regresaba al once tras cumplir sanción por otra expulsión, lo sujetó de forma innecesaria. La falta, tan evitable como clara, le costó la roja directa, confirmada posteriormente tras la revisión del videoarbitraje solicitada por el cuadro aragonés.

El contexto exigía una reacción inmediata del Nàstic. El escenario invitaba a ello. Sin embargo, la presión intensa de las primeras semanas con Parralo se desdibujaba hasta parecer un recuerdo lejano en un equipo sin chispa ni frescura. Y cuando la presión no aparece, los errores defensivos persisten. Así, justo antes del descanso, Andrés Rodríguez encontró espacio para armar la zurda desde fuera del área y sorprender a Dani Rebollo, que pudo hacer algo más para evitar el gol.

Con un jugador menos, un juego plano y el marcador en contra en vísperas del intermedio, el panorama no podía ser más sombrío. El Nàstic tenía ante sí una ocasión inmejorable para confirmar que lo de Cartagena no había sido un espejismo, pero lejos de crecer, su fútbol seguía perdiendo matices y retrocediendo.

Parralo agitó el tablero tras el descanso. Cedric Omoigui entró por Moi Delgado y Jaume Jardí profundizó aún más su posición, actuando como carrilero zurdo. El ajuste juntó a Jiménez, Baselga y Cedric en la punta, con el murciano partiendo desde una zona algo más retrasada. 

El empate pudo asomar en el 52’, cuando Gálvez repelió un remate de Cedric y Pau no acertó en el rechace. El Nàstic reclamó la intervención del videoarbitraje por unas manos claras en el área visitante, pero Bueno Prieto no las vio.

El Nàstic avanzaba impulsado más por el empuje que por el fútbol. El desgaste se hacía notar y el Teruel, cómodo con el escenario, asumía que incluso el empate le beneficiaba pese a la inferioridad numérica. Los locales buscaban la igualada para cambiar el pulso emocional del encuentro, pero no lograban ni someter ni incomodar de verdad a su rival.

Cedric volvió a rozar el empate en una acción aislada: se plantó solo ante Gálvez, que desvió el intento del nigeriano, una pelota que casi acabó dentro, aunque la jugada quedó invalidada por fuera de juego. El plan grana se apoyaba en centros laterales y acumulación de efectivos en el área, pero el Teruel resistía, achicando agua y frenando una circulación demasiado previsible y, por momentos, lenta.

El partido terminó de congelarse con el choque entre Almpanis y Joseda Menargues. El griego salió peor parado y tuvo que abandonar el terreno de juego en camilla. El Nàstic, que ya había agotado sus cambios, dispuso de una ventana adicional por la conmoción cerebral, dando entrada a Oriol Subirats.

En uno de sus primeros contactos con el balón, el canterano desbordó a su par con una facilidad pasmosa y sirvió un pase medido a Baselga dentro del área. El zaragozano, sin embargo, no pudo aprovechar una ocasión de oro. No estaba el Nàstic para perdonar, menos aún con un estado anímico ya tocado por el golpe sufrido por Almpanis y por un guion que, tras la expulsión, parecía haberle guiñado el ojo.

La paciencia de la grada empezó a agotarse y los cánticos de "¡Directiva, dimisión!" emergieron. Óscar Sanz estuvo a punto de firmar el empate con un potente disparo raso que Gálvez logró atrapar. Con diez minutos de añadido, el Nàstic apuró sus últimas balas, incluida la revisión de un posible penalti por agarrón en los instantes finales.

Todo cayó en saco roto en un encuentro con escasos brotes verdes y que volvió a dejar al descubierto que a este Nàstic aún le queda un mundo por mejorar para no quedarse en el limbo o algo peor.